En lo que se mueren los fareros del mundo

Que yo sepa, Jazmina Barrera colecciona dos cosas: faros y fotos en las que aparecen dos viejitas caminando con los brazos entrelazados. Eso es lo que yo llamo una buena semblanza. Y a la par una descripción precisa de cómo es la prosa de Jazmina: dulcemente sabia, paciente y repleta de imágenes que cuentan, a un golpe de vista, un tramo de la aventura humana.

Coleccionar faros es un lío porque la mayoría son literalmente propiedad de la nación en que fueron erigidos. Literariamente, además, son propiedad del mar; dependen de él, no se le puede separar de su contexto, “El faro está anclado a la costa, al mar y a las piedras, es lo que es y en donde está”. Y al mismo tiempo son una presencia constante, el infinito de las olas yace bajo su sombra. Fósiles, acaso, de un artesanal pasado náutico al que quién sabe si recordarán en el futuro. La autora elude estas complicaciones coleccionando los viajes y las circunstancias de su en las que visitó los faros que, como un juego de une-los-puntos construyen este libro de ensayos editado por el Fondo Tierra Adentro bajo el título contundente de: “Cuaderno de Faros”. Y es que eso es precisamente este libro, un álbum de luces guía en medio de la noche que nos ayuda a los lectores a no encallar a lo menso. A recordar que la literatura es buena.

Para Jazmina los faros son “deslumbrantes, fríos y hermosos”. La autora, nacida en el ombligo de la luna, adora los faros; ha leído todo lo que hay que leer sobre historia de los faros, los visita intercontinentalmente, los describe, sueña y medita. Estuvo bajo el amparo de sus sombras siendo una adolescente y luego en plena madurez de pesadumbres amorosas. Le fascinan los faros reales y también aquellos hechos de palabras que aparecen en las novelas de Woolf, Poe, Mishima o Sir Walter Scott. Le laten los faros, vaya. Y está pasión es contagiosa. Me quedo pensando en los faros de mi vida. El que mi padre tenía en su cantina incrustado al centro de un timón viejo junto a un recorte de Madonna encuerada. El que figura en el logo de la editorial oaxaqueña Phaurus donde Eusebio Ruvalcaba publicó un soneto que lleva mi nombre por título. El de “The Well and de Lighthouse” en la rola de mi Arcade Fire.

Jazmina se sienta a teclear su vida entre faros al mismo tiempo que aguarda paciente a que se mueran los fareros del mundo. Nos cuenta un pedazo de su vida y teoriza sobre el mar, las olas, la muerte, el acto escritural. El libro está salpimentado con una melancolía peculiar, la “nostalgia por un hogar al que no se puede volver o que nunca existió”.

Sospecho que es responsabilidad de cualquier lector mexicano descubrir qué libro editado por el Fondo Editorial Tierra Adentro es el mejor de ese año. “Vidas de Catálogo” en 2007, “Liquidaciones” en 2012, ”“Musiquito del Talón” en 2013, “El Paralelo Etíope” en 2015. Este año, que ya se dobla hacía su final como un popote, tiene en “Cuaderno de Faros” un competidor fuerte.

Jazmina Barrera opina:

“Si el faro es la torre sólida de luz, su opuesto sería el pozo: torre invertida de oscuridad lìquida…”. Iconofinaltexto copy

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Gabriel Rodríguez Liceaga

Gabriel Rodríguez Liceaga

Defeño, del Barrio Bravo de Tepito. Autor de los libros de cuentos "Niños tristes" (Premio Maria Luisa Puga 2010), "Perros sin nombre" (Premio Bellas Artes de San Luis Potosí 2012) y "¡Canta, herida!" (Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez 2015). Además de las novelas "Balas en los ojos", "El siglo de las mujeres" y "Hipsterboy".
Gabriel Rodríguez Liceaga

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  • Guadalupe Guerrero O.

    Hay que leerlo mil gracias!