El regreso del Medioevo (y de las cabras)

cabra

El Medioevo volvió y para quedarse. Y no sólo el Medioevo. También las cabras.

Hace poco una investigación (repito, una investigación) en el Reino Unido divulgó la noticia que cambiaría los usos y costumbres de los animalistas más snob: “el perro no es el mejor amigo del hombre”. La noticia ―que la cabra fue el primer animal de compañía del ser humano― data en realidad de hace diez mil años, y ha desencadenado el pánico entre los canófilos, quienes tuvieron que reconocer a los lactosos bovinos como algo más que fábricas de leche o carne para sazonar. Por el contrario, esa carne está viva, es prácticamente humana. Sienten, se comunican con la mirada, son más inteligentes que los canes. Como nosotros. Apenas dejemos de comérnoslos, serán la mascota ideal. Se acabaron los peludos Yorkshire y los nerviosos Poodle; es hora de comenzar a rascarse la espalda con los cuernos de una Payoya y de mandar por las pantuflas a una Capra Hircus Linneaus o pasearse por el Parque México con tu propia Malagueña. Pero la investigación continúa, confirmando que las susodichas, para comunicarse con nosotros, suelen sostener la mirada. ¿Qué quieren decirnos? Probablemente que, tras diez mil años de observación de los humanos, han llegado a la conclusión de que somos una raza de borregos rosas.

La semana pasada, Barack Yes We Can Obama, en sus funciones como presidente del mundo, habló a sus inferiores para reclamarles no estar haciendo lo suficiente por los refugiados. Le pedimos una disculpa y le agradecemos por recordarnos la erupción de flujos migratorios causada por su versión de la primavera árabe y ese complejo de Adolf (la sensación de tener siempre un dictador al cual bombardear) que no parece abandonar nunca a los gringos: el verdadero sueño americano. También afirmó que el mundo es un muy pequeño para sostener un concepto tan viejo como el racismo, aunque en los Estados Unidos la policía y la población negra están del chongo todos los días. Que alguien le dé una cachetada y le avise que todos estos años de retórica orwelliana han creado el universo mágico que hizo posible la aparición de Hillary como la mamá buena y de esa cruza entre Garfield y un puerquito raza Trump.

La migración en masa, y aquí en México es bien sabido, está alterando la identidad y las costumbres en los cinco continentes (dejémoslo en cuatro; en Australia nunca pasa un carajo). Los muros, que antes caían, hoy se construyen cada vez más altos, aquí, en Hungría, en Austria, mientras los pueblos permanecen inertes y bajo la custodia de escandalosos constructores de muros envidiosos de la Muralla China, elegidos democráticamente. La globalización, tan alabada, devino una ilusión en la que creemos sólo porque nos dicen que existe, y El Muro, otra vez, define realmente quiénes somos y quién no queremos ser. Y se sabe que esta solución arquitectónica, demolida incluso de la historia más reciente, no sirve para nada. De nuevo, Orwell, te amo.

Tras siglos de letargo, cierta versión de El Califa resucitó y está infestando el mondo de masacres excéntricas dignas del peor Hollywood con la explicación de que es Su Excelencia Alá (o sea Dios) quien así lo quiere, para castigar a los infieles adoradores de Dios (o Alá, en árabe). Por primera vez me siento más seguro caminando en mi maltratada colonia que de compras en los Campos Elíseos. Y pues es Alá contra Dios. Bienvenidos de nuevo al Medioevo, vamos pa’lante.

Los refugiados de estas guerras no tienen nada que ver con las cruzadas de los desequilibrados nacidos y crecidos en los países donde viven, deformados por una propaganda surreal en la cual se ensalza la toma final de Roma (que luego, dado el fango de corrupción en que nada, no sería un gran negocio). No obstante este detallito, los constructores de los muros al mando menean sus marras cada vez más emocionados, mientras a los refugiados se los rechaza en todas las demás poblaciones con la retórica de que “con ellos llegan los terroristas”, aunque nos recuerda con nostalgia el pasaje homérico del Caballo de Troya, no tiene sentido alguno: una mezcla de picante ignorancia racial que haría palidecer de envidia al propio De Gabineau ―inspirador ideológico de la superioridad racial―, que se lamería los bigotes con los más recientes bombardeos de la coalición “de paz” liderada por los Estados Unidos en hospitales sirios, operación quirúrgica que logró eliminar terroristas de dos años de edad.

Todos somos Hebdo, todos somos París. Nadie es sirio, afgano ni iraquí. Según parece, nadie quiere ser sólo humano.

mezcalMuchos países tienen la capacidad de ayudar o cuando menos empatizar con algunos de estos problemas. México no está exento. Pero las cabras han sabido por años sobre el borrego en nuestro interior, nos conocen bien, no distinguen razas, colores de piel, creencias, banderas, nacionalidades. De hecho, han detectado las mismas reacciones borreguiles en los pueblos de todo el mundo. Las de los estadounidenses con los mexicanos. Las de los mexicanos con los centroamericanos. Las de los italianos con los romaníes y los gitanos. Las de toda Europa con árabes y africanos. Es una crisis. Mejor recoger una decena de niños de la calle que acoger a esos sirios peligrosos, se dice; un refugiado menos es un niño pobre menos, se dice, pues tenemos ya nuestros propios problemas. Que vengan, se dice, pero que primero acepten al Dios verdadero porque aquí o allá, de pronto, todos somos cristianos. De cualquier modo los cristianos no tienen nada de qué preocuparse: la burocracia es lenta, y muchos de ellos, la mayoría peligrosos niños sanguinarios, ya murieron mientras esperaban su turno de conversión.

Un último llamado a los monoteístas:

En vez de esparcir el odio por la tierra, abran los ojos, beban mezcal. Iconofinaltexto copy

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Fabio Ughetti

Fabio Ughetti

Fabio nació en Sicilia, creció en Calabria y estudió en Boloña. Ahora vive en México, está casado con una mexicana, y sabe de qué lado se dobla la tortilla.
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