El pueblo del fuego

Escuchó los pasos del verdugo y supo que había terminado la partida. Los vínculos vulgares que le quedaban con el mundo se fueron escondidos en el vapor final de su tetera. Esa tierra, a la que defendió hasta con las cejas, prefirió darle la espalda. Pronto no quedarían más indios en el planeta y nadie volvería a reclamar nunca el derecho a disentir. Tantos instantes malgastados en palabras para que ahora la decidiera abandonarlo en el silencio. Cuando era niño deseaba ser capaz de elegir el momento de su muerte y en cierto modo así sería, aunque fuera reapropiándose de la intención de su condena.

Afuera, en la avenida, eran destruidos los documentos que daban fe de la existencia de tantos cuerpos descuidados. Se iría con Erik el permiso de interpretar la belleza al puro antojo. No había más para el heredero de Mohandas. Cualquier registro de paz y resistencia sería borrado pronto por el fuego. Quedaban atrás los días en que aún podía generarse oposición con abrazos y rugidos. Lo había logrado, el muy cabrón: era la victoria del silencio. Por fin había conquistado el sitio entero.

Exhaló los últimos brotes de su aliento en la más inusual de las quietudes. Era la primera vez que estaba en una prisión sin tener que defenderse de las vejaciones de los guardias y de los abusos de otros prisioneros. Tuvo el tiempo preciso para tomar el té, recibir a Maïssa, pasear por su cabeza y tomarle el último gusto a la vida. Maïssa era la única que lo seguía visitando. Cuando los jueces dictaron la sentencia todos sus compañeros protestaron e hicieron plantones. Le daban sus vueltas y le llevaban libros y tabaco. Aplazaron ocho meses el día de la muerte y consiguieron su objetivo: todo el mundo se olvidó de Erik.

Maïssa era la única en pie. Se paraba ahí a diario aunque no hubiera nada que decir. Estuvo con él aquella vez en que intentó asfixiarse con una agujeta y estuvo ese último día de dolor mezclado con encanto.

Esa mañana Erik se veía más joven que durante los últimos diez años.

―Ya decidiste ―notó Maïssa, sin saber si afirmaba o preguntaba, después de saludarlo con un beso.

La última tarde lo había visto desgastado. El pelo y la barba, en escala de grises, le llegaban más allá de la base del cuello. Algo en esa imagen le había resultado familiar. Detestaba la referencia, pero no podía decirse de otra forma: Erik había adquirido la apariencia de un Gandalf el gris en decadencia.

Parecía terminado. Parecía que de verdad habían logrado ahogarle el fuego de su pecho.

―No sé cómo vamos a salir de ésta.

―Hay veces que no queda más que ser fieles a nuestras ideas, aunque paguemos con la muerte.

―No voy a ser un mártir de mis ideas, Maïssa. Las ideas no sienten, las personas sí.

Maïssa se alejó esa tarde en calma, a sabiendas de que, pasara lo que pasara, la muerte estaba a la vuelta de la esquina.

 ―Nos irá bien y si nos va mal lo sabremos enfrentar con gracia ―le dijo antes de partir y lo dejó leyendo en voz alta que a la eternidad le da lo mismo rojo que azul tierno.

 

* * *

 

A Maïssa le gustaba hacer el recuento del desastre al final de cada una de las noches que le tocaba pasar sola. Eran casi todas últimamente. Sus hombres se habían ido muriendo con los años o los había terminado por borrar la policía. A esas alturas no le hacía falta nadie. Había aprendido a bailar el tango con la ausencia desde sus late twenties.

―La soledad es una habilidad que se ejercita ―se repetía, mientras ponía café―, al igual que la alegría.

Estaba consciente de los riesgos que implicaba el consumo de sus turcos, pero aun así se negaba a renunciar. Es difícil espantar con historias de descabezados a una mujer que ha visto tanta muerte. Tenía su propio proveedor en el tianguis de la San-Fe. Le llevaba los mejores granos que salían de lo que quedaba de la Lacandona. Noé, se llamaba el traficante, y siempre le contaba historias de los pueblos descendientes de los mayas. A Maïssa le encantaba escucharlo e imaginarse los rostros de los indígenas que no había alcanzado a conocer, pero que había defendido con cada gramo de su cuerpo imperfecto.

Después de un par de tazas se recostaba a leer, pero nunca lograba concentrarse en más de dos poemitas. Las imágenes llegaban puntuales a su cita y ella no podía más que dejar el libro en el buró y permitir que la invadieran. Así como lo habían hecho en otro tiempo los comerciales y las normas de belleza. Entonces se reproducía todo en su cabeza, como en los antiguos DVD’s. La televisión, los primeros tratamientos, las desapariciones, el exterminio.

Maïssa tenía familia en todo el mundo. Sus raíces eran tan bastas como los vasos comunicantes de los que hablaban los surrealistas. Terminó eligiendo a México como su patria única. Justo aquella en la que no tenía ascendencia. Fue su hogar por diez años y en él conoció el amor. Plutarco, se llamaba, como el hombre de Edward James. E igual que aquél, era descendiente de los indios de la huasteca.

―Si tuviera que elegir ―decía Plutarco cada noche―, tú serías mi compañera para el fin del mundo.

 Nunca tuvieron una casa, por vivir como gitanos, pero se arreglaron un carrito para viajar de un lado al otro. Así rodaban por el sur cuando los agarró el retén. Antes de eso Maïssa no era consciente de la destrucción. Había escuchado de los PGRE y sabía que se habían hecho más de un par en África, pero aún no terminaba por aceptar que la realidad los estaba rebasando. Iban camino a Zipolite cuando los detuvieron los milicos. A ella no más la manosearon y la aventaron en la carretera. No más, claro, porque hasta eso había que agradecer no ser violada. A él se lo llevaron, sin decir a dónde, y no se volvieron a encontrar.

Pronto supo que Plutarco había sido una víctima de tantas. Los estaban desapareciendo a todos. A los morenos, los pequeños, las gordas y los ciegos. Todos se estaban yendo sin dejar ni pinche huella de su presunta fealdad. Erik acercó a Maïssa a las comunidades en resistencia. Se reunían en la Ciudad de México, donde también se refugiaban y se organizaban para buscar los restos de sus muertos.

Un día les tocó reunirse más allá del Centro Histórico. En Ciudad Neza les prestaron una casa. Ahí estaban los frikis que aún no se había cargado la chota y los defensores que habían sabido darle vuelta con sus pasaportes extranjeros. Esa noche no se cubrió la orden del día. Alguien dio el pitazo y se dejaron caer, sin tocar la puerta, los gendarmes. Ni siquiera los detuvieron o hicieron el intento de llevárselos a otro lado para romperles la nuca. Los mataron uno a uno, a patadas, y les arrancaron los rostros. Quedaron no más la Maïssa y Erik, escondidos entre el lavabo y la alacena.

Maïssa recordaba claramente cada uno de los gritos de sus compañeros. Podía pasar lista y hacer un retrato hablado de todos los que habían muerto aquella noche. Y era justo en ese punto en el que no podía más. Antes de recordar sus nombres se daba un pasón de valeriana y tarareaba con calma esa canción que usaba su papá para arrullarla. Na, na, na, na, na, ná, na, na, na, ná, hey Jude!

Así se había dormido el día anterior, la noche que aguardaba la ejecución de Erik.

 

* * *

 

Desde pequeño, Erik había aprendido a proteger su idea de la belleza de las radiaciones de la tele. Siempre fue amigo de los monstruos y, bien mirado, siempre fue parte de ellos. De los hombres ballena, los enanos y las mujeres con barba.

―Somos perfectos ―repetía―, no nos hace falta nada ―Y con ellos anduvo, defendiendo la dignidad hasta que no hubo más respuesta que la sangre.

Al principio fueron sólo tratamientos para remediar la gordura, levantarse las tetas y estirarse la jeta. Había cuerpos que tenían que morir por indios y las esposas de los narcos invertían las ganancias de las muertes en parecerse a una versión esquelético-nalgona de la Venus de Milo. La composición, el ritmo y las pausas de nuestro código genético empezaron a estudiarse para combatir enfermedades. Pero la misoginia era fuerte y la estética torcida. Todo iba bien. Más o menos. Controlable. Hasta que ya no. Un día los tratamientos dejaron de ser remediadores para convertirse en preventivos. El racismo, la homofobia y el machismo se juntaron para generar bebés perfectos: blancos, altos, fuertes y llenos de testosterona.

Después de un par de experimentos, los Procesos Genéticos de Remediación Estética (PGRE) fueron prohibidos en la Unión Europea y en Estados Unidos. Por supuesto que en el tercer mundo no se pudo hacer nada contra ellos. En la India la gente pagaba millonadas para no parir mujeres. En México se hacía lo mismo para no ver nacer un indio.

Pero había formas de vida que la genética no podía prevenir. Los locos, las vestidas y los putos, como Erik, no pudieron remediarse desde el vientre. Entonces empezaron a matarlos. Algunas transexuales lograron esconderse. Las que tuvieron el dinero y las ganas para construirse el cuerpo perfecto y pasable que las alejara del escrutinio de la gente. Asesinatos aislados, crímenes pasionales, fueron sólo al principio. Cinco años después del primer PGRE las muertes se convirtieron en política de Estado.

―Vamos a limpiar las calles de indigentes. Nuestros hijos no volverán a tener el rostro del pueblo mancillado. Tendremos todos las caras del progreso, los ojos de la aurora. México será un país de héroes y mujeres perfectas ―con el discurso más discriminatorio de su historia, nuestro país eligió a su presidente más autoritario: Mateo Quintero Hank.

Erik pudo refugiarse en la Ciudad. El exterminio ocurrió sin contratiempos en el campo y en los pueblos más pequeños. Se salvaban sólo las pequeñas poblaciones de italianos mineros y aun ellos tenían que pasar por la inspección. Aunque la vida se seguía derramando a chorros, en la Ciudad de México la mayoría se opuso activamente a la limpieza social. Su gobierno, como nunca, los representó.

Erik gozaba, además, del privilegio. Aunque homosexual y pequeñito (de apenas un metro con setenta), su doble nacionalidad lo protegía de la limpieza. Su padre alemán y su nacimiento fortuito en las ruinas del Muro de Berlín le habían dejado como único legado una aureola de supervivencia. Los extranjeros estaban protegidos en América Latina como resultado del par de tratados internacionales que aún quedaban vigentes. Matar a Erik habría provocado un conflicto, sobretodo dada su condición de activista.

De igual manera, el hombrecillo seguía siendo mexicano, bajo amenaza de, en cualquier momento, ser procesado como tal.

Maïssa se preguntaba cómo habría sido esa conversación treinta años antes, cuando seguía latiendo la esperanza y no se les había marchitado el idealismo. Solían ser menos formales, pero le luchaban igual. Erik prefería la no-violencia, aunque lo tacharan de burgués y de anacrónico. Al principio Maïssa también cuestionaba sus métodos, pero fue aprendiendo a respetarlos con el tiempo.

Erik era uno de los pocos que pensaba en los policías como en aliados y que los distanciaba mentalmente del opresor.

―No es su culpa, manita. A estos no los mandaron ni a la primaria. ¿Cómo van a saber que está mal golpear a un wey no más porque es feo? Si es lo que les ordenan y lo que escuchan en la tele. Para ellos ésta es la ley.

No cambió de opinión ni la primera vez que lo golpearon por chaparro. Se lo agarraron entre varios, sin pedirle siquiera su identificación. A veces era así la cosa; no se trataba de detenerte ni de exterminarte, bastaba con recordarte lo aberrante que tu cuerpo resultaba. Erik se aguantó los guamazos sin devolver ninguno. Después de cada nueva herida se limpiaba y levantaba nuevamente el rostro. Resistía al más puro estilo Gandhi, sin agredir jamás a quienes consideraba iguales.

―No mames, Marisita, ‘ora sí me tronaron bien tronado ―fue lo único que dijo mientras mostraba completa una sonrisa llena de sangre. Entonces Maïssa no entendió muy bien ni decidió si estaba completamente de acuerdo con lo visto, pero de algo estuvo segura desde entonces: ese hombre era de admirarse.

Con el tiempo las agresiones se hicieron más fuertes y la resistencia más grande. Las cárceles se llenaron de presos políticos y todo aquél que se alejara de la Ciudad era desaparecido al instante. Erik se fue perfilando como el único líder de oposición que quedaba con vida. Su discurso y sus acciones, inmunes a la corrupción de los medios hegemónicos, lo hicieron lo suficientemente visible como para que la comunidad internacional lo protegiera.

Claro que la tentación también lo visitaba de vez en cuando. Muchas veces se miraron al espejo y se sintieron apenados de lo que otros habrían podido interpretar como aberrante. A veces también se avergonzaron de su pasmo.

―Es resistencia pacífica ―se repetían, aunque una voz en sus adentros les pidiera agarrarse un buen machete y salir a cortar cabezas blancas y perfectas.

―De nada serviría que matáramos al Quintero Hank, Maïssita. Ni que nos tronáramos a toda la bola de pendejos que lo siguen. Al ratito ya tendríamos una nueva manada de tiranos. El sistema es con lo que tenemos que acabar. Y ése lo traemos todos bien metido en el cerebro.

 ―Pues no sería la mejor, pero nos daría tantita ventaja.

La masacre no era opción; cualquier salida era preferible antes que dar un puñetazo. Y no era que sus brazos no tuvieran la fuerza o que su lado irracional no muriera por hacerlo. La convicción de Erik estaba ligada a algo mucho más íntimo y nostálgico.

―Somos hermanos, aunque nos reviente el hígado. No podemos pedir sangre ni venganza. Todos hemos validado, más o menos, este caos. Cuando logremos detenerlo, tendremos que aprender nuevamente a vivir juntos.

            El último mes lo había cambiado todo. La presión extranjera que les mantenía con vida había empezado a disolverse. Las políticas de muerte se extendieron también en el imperio y pronto los genocidios dejaron de ser un obstáculo para los negocios.

Desde el momento en que Estados Unidos realizó su primer exterminio de grupos originarios, el gobierno mexicano dejó de tentarse el corazón para terminar con los extranjeros gordos y chaparros. La Procuraduría General de la Belleza lanzó una lista con los deformes más buscados en el país y Erik apareció en el número uno. El hombre ni siquiera la vio venir. Cuando lo detuvieron pensó que se trataba de cualquier otro encarcelamiento de rutina. Que tendría que pasar una semana en reclusión y aguantarse las madrinas, para después salir y continuar luchando. Estuvo tantas veces en la cárcel como José Revueltas y Gilberto Rincón Gallardo juntos.

Pero esta vez era distinta. Nadie hizo ni siquiera el de decirle qué cargos se le imputaban ni de armarle un juicio de juguete.

―Te vas para la silla, pinche puto ―fue la sentencia y se sentó a esperar a que lo matara su verdugo.

Desde entonces también Maïssa empezó a vivir como si la sangre se le acabara lentamente. No sentía que traía el alma atorada en la garganta desde que terminaron con Plutarco. Siempre había pensado que no sería capaz de soportar un dolor así otra vez, que con su hombre le habían aniquilado el corazón. Pero no era verdad. Ahí estaba la Maïssa, apretando la mandíbula y cagándose de miedo por el destino de su Erik.

―Te voy a extrañar, mi doña puta ―se lamentaba, mientras deseaba que todo eso se acabara ya y que pudiera sentarse pronto a llorar la muerte y, más que la muerte, la vida, que no había hecho más cosa desde siempre que cargarle la espalda de dolor.

Pero la muerte va despacio y detesta la prisa tanto como el color de las flores en primavera.

―¿Estás seguro? ―repitió Maïssa antes de irse.

―No voy a ser mártir de una idea. Y sabe Dios que la he defendido con cada uña.

Ese beso (¡por fin!) era el postrero. Habían llegado al último acto, a pesar de sus propias expectativas, y lo habían hecho juntos. Lo que pasara después no era su culpa. Le darían al mundo su último respiro y lo demás sería responsabilidad de los más jóvenes.

Maïssa escuchó la celda cerrarse, sin mirar atrás. Gandalf el blanco, pensó y tuvo que aguantarse la sonrisa. Seguro que así lo prefería Erik, que se marchara sin dañarlo con miradas displicentes. That’s where you’ll find me, somewhere over the rainbow, cantaron los dos en sus cabezas. Erik se sentó en su banquito desgastado, a tomar el té y esperar la muerte. Lo último que leyó fue el ejemplar de La Elegancia del Erizo que Maïssa había logrado filtrar. Ella tomó el primer avión a Buenos Aires y se dispuso a pasar los años finales de su vida en el último refugio para imperfectos que quedaba en América Latina. Habían hecho otro en Países Bajos, pero ni de chiste iba a regresar a Europa a estas alturas. Así era ella de altermundista.

 

* * *

 

No pasó mucho tiempo antes de que Erik escuchara los pasos del verdugo y comprendiera que era ése el final de la partida.

―Es el momento, señor ―dijo el hombrezote desde el otro extremo de la jaula. Pronto todo su cuerpo se vio rodeado por los brazos del monstruo gorilezco―. Se supone que debo revisarlo. No vaya usted a estar cargando armas.

No lo tocó mucho de cualquier modo y Erik pudo mantener su traje intacto. Si había que morir, había que morir con estilo. La Tierra no lo vería partir con una arruga en ese saco blanco.

 ―Estoy feliz de haberte encontrado, Martín. A cualquier otro lo habría paralizado el miedo.

―Mi trabajo es la muerte, señor. No podría hacer menos ―los dos se rieron con los ojos fraternos y transparentes. Después el silencio, algún suspiro y emprender la marcha.

Era un cuarto pequeño, con un escenario al centro y butacas alrededor para treinta personas. Las suficientes para concentrar en un sólo punto a los hombres más poderosos del planeta. Así de pendeja era la humanidad. Así de básica y rupestre. Ahí los tenían a los cabrones: el presidente Mateo Quintero Hank, el de Estados Unidos, los dueños de las industrias del PGRE. Parando sus agendas políticas para ver morir al único hombre que aún se les oponía y que lo hacía con flores.

―Caballeros ―dijo Erik al entrar, mientras simulaba con la mano quitarse un sombrero en señal de reverencia.

Los oligarcas sacaron del armario una vieja herramienta de ejecución, como quien destapa una botella de la mejor cosecha del vino familiar en una ocasión especial. Hacía mucho que la pena de muerte no se desarrollaba de manera tan formal. Eso de reunirse en un cuartito para ver morir a un criminal ya no se daba. Últimamente ya ni siquiera se necesitaba ser un criminal para ser asesinado por el Estado.

Martín, el verdugo gorliezco, bañó el cabello de Erik en agua con sal. Lo sujetó del pecho, de las piernas y del cuello. Bien apretado, para taparle el ojo al gato, pero no tanto como para arruinar ese traje que con tanto esmero había preparado la Maïssita. Lo amarró completo: las muñecas, los tobillos y hasta los párpados. Se fundió con la madera cada extremidad. El cuerpo entero, o casi todo, jugaba a ser aliado del silencio sin ser infiel a la verdad.

Martín le amarró todo, menos la mano derecha. Menos esos dedos firmes con los que sujetaba el interruptor. Erik sintió su pulgar listo para hundirse en el botón y con una sonrisa dio al verdugo la señal.

―¿Alguna última voluntad, señor? ―preguntó por protocolo.

―No, no, querido. Nada que no vaya a cumplirse a su debido tiempo ―y empezó la cuenta regresiva.

Ahí estaba Erik, a punto de morir pero con la sonrisa plena. Con la misma que ostentaban en las jetas los espectadores, pero causada por un motivo distinto. Ahí estaba Erik, a punto de renunciar a los métodos que había defendido toda la vida. A punto de renunciar a su cuerpo y a sí mismo. Con el pesar de no poder seguir andando, pero con el placer propio del cabrón que se ríe al último. Ahí estaba. Con la mirada en alto y el corazón bien firme. Con la materia triste y una única certeza: Tan pronto hiciera explotar esa bomba, el marcador estaría nuevamente en ceros.

―Es el turno de los otros, de los que siguen. De intentar hacer del mundo un lugar menos terrible. ¡A la mierda con la paz! ¡A la mierda con la vida! ―pensó, antes de que lo dominaran las lágrimas y las carcajadas de placer. Rió como nunca. Se rió del mundo, de la cara de pendejos que pondrían los otros cuando se descubrieran víctimas de una trampa, de la relatividad del tiempo, de la vida y de sí mismo―. ¡Que viva la puta libertad! ―Y entonces explotó.

Una ola de cemento y cachitos de piel surgió de donde antes estaba la Prisión de Máxima Seguridad del Altiplano. El final había tenido su epicentro en Erik, quien había sabido plantarse en esa silla sin delatar la secuencia explosiva que traía adherida bajo el traje. En la calle, entre la sangre, iban cayendo los pedazos de Mateo Quintero Hank y de los demás policías de la belleza.

Erik ardió como el fuego primigenio que dio lugar al . De su cabeza surgieron nuestros cuerpos y con su bilis disolvimos las fronteras. Y en vez de tripas arrojó cansancio. Y en vez de la muerte se lo llevó el sol.

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David Ledesma Feregrino

David Ledesma Feregrino

Escritor en formación. Editor en Homozapping. Formó parte de la XIV promoción de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores. Escribe ajeno. La más señora de todas las putas.
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