El infierno de los amantes crueles

En un tomo abandonado de enciclopedia en casa de mis tío-abuelos encontré una pintura que me impresionó ampliamente y hasta las pesadillas. Tenía yo trece años. Bajo las copas de los árboles, un hombre arriba de su caballo perseguía a una dama desnuda a la que derribaba a mordidas un perro blanco e infernal. Todo esto ante la mirada atónita de un paseante más bien desinteresado y cuya aparición figuraba a dos tiempos. Me volví a encontrar dicha estampa en la chafa biblioteca de mi preparatoria. En un libro de arte. Memoricé el nombre como si fuera el orden sucesivo de las estaciones en una línea del metro: Nastagio degli Onesti. Me enteré de que aquel cuadro era la primera parte de un ciclo realizado por Botticelli a propósito de una narración de Bocaccio (El infierno de los amantes crueles).  Wikipedia la cuenta mejor que yo:

Se trata de la historia de un joven de Rávena, Nastagio, rechazado por su amada. Ve en el bosque a una mujer perseguida por un jinete, quien la ataca y mata; inmediatamente, ella se levanta y vuelve a repetirse el castigo sin fin, debido a que se trata de fantasmas, una maldición, debido a que la joven perseguida no atendió a los requerimientos de su pretendiente y éste se suicidó. Nastagio cree que tal aparición puede serle útil: hace que su desdeñosa amada la vea, con lo que consigue finalmente vencer su resistencia y llegar a un matrimonio feliz”.

No fue esta trama lo que me impresionó, sino la forma como el pintor retrata la maldición multi repetida de la doncella. En el primer cuadro el personaje cachondo aparece dos veces: suspendido a la vez en el presente y el pasado como si fuera el fantasma de sí mismo. Un don de la ubicuidad burdo pero exacto: plástico. En el segundo cuadro el presente se re afirma, sólo que nuestro paseante reacciona con segundos de demora al cuadro previo (cuya existencia quizá desconoce). Y la mujer yace en el suelo mientras el jinete le saca el corazón por una ranura en su espalda. Al fondo: la persecución se reitera. En la esquina inferior derecha del cuadro: el perro blanco, ahora acompañado de un segundo can hosco se devora una entraña de la pobre mujer. Hay un tercer cuadro en el que, en pleno banquete, se insiste con la primera escena. En la trinca flotan a la distancia barquitos que parecieran burlarse de nosotros. El tríptico es una genialidad. Ignoraré un cuarto episodio que no viene al caso en esta reseña.

Cuando ya más avezado vi estas pinturas y pude analizarlas con mayor detenimiento no pude sino expresar: “Aquí hay una estructura narrativa. Esto se puede traducir en palabras. ¡Tengo que escribir esto en forma de novela!”. Sin embargo no redacté palabra alguna a este respecto y el proyecto se instaló en el olvido de los proyectos.

Es veintitantos años después que me encuentro por fin con un libro que reproduce la sensación que el Nastagio dejó clavada en mi alma. Hablo de “Ecos” de Atenea Cruz. Una de las más recientes novedades del indestructible Fondo Tierra Adentro. La contraportada cuenta la historia mejor que yo:

Un hombre está condenado a revivir la misma escena cada tantas noches: Celia, su mujer, deambula sumida en la desesperación mientras que, en otra habitación, el llanto desconsolado de su hijo precede la llamada del peligro. Esta imagen descarnada funciona como punto de partida para la fascinante historia que transcurre entre la soledad de los bosques y el bullicio del circo.

La similitud es incluso aterradora. Los personajes de “Ecos” están atrapados en un instante y obligados a insistir en él en cada capítulo de la novela, escarban completamente atarugados en su pasado como si quisieran determinar a partir de qué momento se fue todo al carajo. El lector descubrirá que ese instante los trasciende. Reproducirse es heredar tristezas. Lo he dicho antes: la es como una hilera de ecos que surge de un originario grito. “Ecos” es cínica a ese respecto. Son muchas las sorpresas que poco a poco, como las fotos del pasado que se develaban sin prisa, Atenea Cruz nos va entregando en esta pesadilla novelizada. ¡No! No es una pesadilla. Más bien es un insomnio sin fin. Dice la autora: “El insomnio es el único veneno para el cual el cuerpo crea resistencia”.

Intranquilo, ojeroso y maldecido: el protagonista de “Ecos” está atrapado en un mismo instante, en un dolor, en un ramillete de páginas en las que vale la pena meter las manos. Quién sabe con jirones de qué íntimo tormento las recuperemos. 

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Gabriel Rodríguez Liceaga

Gabriel Rodríguez Liceaga

Defeño, del Barrio Bravo de Tepito. Autor de los libros de cuentos "Niños tristes" (Premio Maria Luisa Puga 2010), "Perros sin nombre" (Premio Bellas Artes de San Luis Potosí 2012) y "¡Canta, herida!" (Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez 2015). Además de las novelas "Balas en los ojos", "El siglo de las mujeres" y "Hipsterboy".
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