El habitual sonido del mar

¿Qué se espera ver, más bien, escuchar después de la palabra mar? ¿El golpe violento de las olas o sólo un bamboleo tenue? Sin duda en esta película chilena Mar (2015) de Dominga Sotomayor, guionista y directora, la presencia del agua, en todas sus presentaciones y representaciones humanas, es una constante.

La trama gira en torno a una pareja en sus treintas, Martín y su novia, quienes están de vacaciones cerca del mar, y cuya relación se enfrenta a la rutina en la que se han estancado, para después sumarse a sus cuestionamientos la intrusión de la madre de Martín.

En las primeras escenas está lo típico y previsible de un ambiente playero, después flashazos, una fiesta llena de luces en la que se sabe los pies están tocando la arena y el calor está tocando la piel. Todo parece tan confuso y se deduce, es la vida misma. Alcohol y luces son de las primeras instantáneas de una especie de sueño. Paradójicamente y conforme se avanza en la historia, ya nada es estridente con pequeños focos llenos de romanticismos; la luz se convierte en el golpe de lo cotidiano, se vuelve pálida, cada vez más nebulosa conforme la madre invade la vida de esta joven pareja. Ya no hay duda de que esto no es un sueño, es el día a día de una pareja más una madre, donde no se sabe en un principio qué relación o personajes terminarán en pie, si es que sucede.

Sobre la atmósfera, hay vegetación entre las dunas que parecen representar desde el principio una advertencia de una ruptura, como si siempre supiéramos que las cosas no pueden terminar tan bien como se desearía. Hay una búsqueda de algo ya perdido. Conocemos la sensibilidad diaria de los personajes; apenas hay chispazos de esa luz borrosa en la que se va convirtiendo cada uno de esos tres personajes, así como de su destino siempre incierto. Hay horóscopos pero nunca un destino previsible.

El triángulo está conformado por: madre-hijo-nuera. Y digo nuera y no novia porque es la madre de Martín entorno a quien giran el resto de las personas involucradas. Martin se muestra sumiso, tímido, retraído. La madre, por el contrario, parece segura e impositiva. Le dice al hijo, casi como sentencia, que salió igual a su padre; se nota una dependencia observada con la sentencia “si te llega a pasar algo yo me muero”. Sin duda esta particular relación madre e hijo, tan aferrada, es uno de los ejes. Nosotros como espectadores somos copilotos, no somos parte de esa familia que se desmorona como dentro de un reloj de arena, sólo somos testigos de aquellas vidas.

Las irrupciones sonoras más evidentemente inician con la alarma de un auto. Y no son gratuitas. Aquí todo está escrito en un subtexto bien cubierto por la arena de la vida diaria. Este sonido es seguido por ladridos, y el conjunto despierta a Martín quien cree han robado su auto, pretexto medular que dará cierto movimiento dramático a la película. Pero ese ruido no es el más fuerte en decibeles, y es cortado por la incertidumbre. Todo lo trastoca el sonido de un trueno, tanto la ficción como la realidad; un evento que regala la naturaleza, impredecible, incontrolable; que ninguna producción pudo haber recreado idéntico, ni esperado, ni controlado, mucho menos. Parece, de manera mágica, cortar la vida de los personajes.

La película Mar lleva al extremo lo cotidiano, al tedio, no como error del filme, sino como un agente exacerbador de esta rutina; como latidos del corazón hay escenas marinas y el constante sonido del agua, de las olas, un sonido reconocible pero que sin embargo parece ajeno. El mar hecho ola va y viene para traernos cada vez más golpes de lo habitual. Todas son fotografías, olas que van y vienen o que quizá nunca llegan a la playa. Pero eso sí, siempre está presente el sonido y la imagen del agua, charcos, escurrimientos. ¿Acaso volveremos a ver el mar?

Si se espera un final claro y contundente, es posible salir decepcionados después de ver esta función, quizá iracundos; con un vacío, con un deseo de saber qué pasó después, si es que hay un después; con la pregunta irritable de si todo esto fue un error fílmico.

Desde mi asiento yo pude ver una película para dejarse llevar por el vaivén, para esperar nada a cambio cuando se va cada ola, o si acaso el retorno de otra ola que se romperá en la arena y quizá, sólo quizá, un trueno que lo trastocará todo. Iconofinaltexto copy

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Daniela Escobar

Obtuvo la Licenciatura en Ingeniería Ambiental en la UPAEP en 2010. En 2014 concluyó el Diplomado en Artes Visuales de la UAT. Es egresada del diplomado en Creación Literaria en la Escuela de la Sociedad General de Escritores de México, generación 2014-2016. Actualmente conduce el programa de poesía: Soy poeta, luego existo. Ha publicado en las antologías Letra espiral (2015) y Coctel de letras (2013) y colaboró en el cuentario Dulce percepción (2015). Actualmente escribe una columna semanal en el suplemento cultural Arteria del Sol de Tlaxcala: Postales Citadinas.

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