Deambular entre mercadillos de libros

Recorrer una modesta feriecilla de libros en una ciudad tan pequeña como esta tiene un encanto muy específico. Por supuesto que deambular entre montones de libros ‒en grandes librerías, en hermosas bibliotecas, en casas‒ resuelta siempre profundamente placentero, pero los puestos improvisados bajo carpas, en un parque o una plaza, tienen algo diferente, tienen algo de bazar gitano traído por Melquíades a un apacible poblado. Es una sensación si acaso más cercana a recorrer, por ejemplo, el mítico Donceles (que es como caminar por el callejón Diagon, conscientes de que se pueden comprar hechicerías en cualquier tienda a nuestro alrededor) que a recorrer la sucursal más espaciosa de la Gandhi, por ejemplo (una ciudadela de puros libros, la gran urbe de las librerías).

Sin embargo, inevitablemente llega un momento en que esas pequeñas feriecillas de libros quedan conformadas casi por completo de libros que, o no le interesan a uno o, en todo caso, que sí interesan pero por eso mismo ya se los tiene en casa ‒leídos o no. Entonces las mesas de libros se convierten en el terreno de meticulosas cacerías de tesoros porque, si bien es cierto que conforme pasa el tiempo se van encontrando ahí menos libros que comprar (por los motivos ya mencionados), lo que nunca se reduce ni un ápice es la cantidad de tiempo que se pasa revisando cada una de las mesas a fondo, leyendo los lomos visibles, removiendo entre libros amontonados en las mesas con aspecto de fosa comunal (los remates de un libro por diez pesos, cinco por treinta, etc.), siempre con la esperanza, pocas veces recompensada ‒pero cuando sí hay recompensa es magnífica‒, de encontrar una joya enterrada.

De un modo u otro, terminemos con varias bolsas, con apenas dos libros o con las manos vacías, caminar una y otra vez dentro de una feriecilla de libros (porque además hay que visitarlas más de una vez, varios días, porque hay libros que no aparecen o intereses que no se detonan a la primera) resulta benéfico para el espíritu. Con todo y que mucho de lo que hay en las mesas son libros de calidad cuando menos cuestionable, también hay otras cosas, y estar al aire libre caminando entre esos libros (aunque uno ya los tenga, aunque uno ya los haya leído o, por lo menos, se tengan referencias por alguna entrevista con un autor o un reportaje interesante) es tan saludable como un vaso de agua de manantial o la luz matinal de otoño.

El espacio bajo las sencillas carpas se convierte en un injerto de otra cosa dentro de nuestra realidad. Siempre me ha parecido que esos espacios parecen la escena de una película dentro de la que se puede pasear, o la materialización de la escena de un libro. Me parece que esas trincheras librescas podrían estar en el encuadre principal o un rincón de la escenografía de muchas historias específicamente libriles, quizá algunas refugiadas en los libros dispersos ahí mismo, quizá otras en historias que serán concebidas al caminar por esos pasillos improvisados, otras quizá nunca las veamos impresas porque han sido escritas en otras realidades y es imposible que las conozcamos como libros porque, aquí donde vivimos, son la realidad, las múltiples historias que en nuestra realidad se suceden, de modo que esos mercadillos de libros se vuelven matruskas de historias contenidas en historias más grandes y repletas de historias más de bolsillo. 

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Diego Minero

Diego Minero

Tlaxcala, 1990. Se dedica a la escritura y a la ilustración. Ha sido becario del Foecat en dos ocasiones en la disciplina de Letras, y ganador del Premio Estatal de Cuento (2010); publicó la novela ilustrada 'El pueblo en el bosque', la novela corta 'Un último vaso de Jerez' y el cuentario ilustrado 'Grand Guignol'. Ha publicado columnas y viñetas en diversos medios impresos. Ha tomado un par de talleres, pero el grueso de su formación ha sido autodidacta.