De cómo el discurso trastoca el cuerpo

“Es el carácter deshumanizador de la publicidad y su tendencia a homogeneizar y fabricar a sus consumidores lo que constituye la esencia del sistema económico en el que vivimos”.

La iglesia dice: El cuerpo es un pecado.
La ciencia dice: El cuerpo es una máquina.
La publicidad dice: El cuerpo es un negocio.
El cuerpo dice: Yo soy una fiesta.
Eduardo Galeano

Este viejo mundo que por todas partes apesta a cadáver, nos horroriza y nos convence de la necesidad de llevar a cabo la lucha revolucionaria contra la opresión capitalista en el lugar en el que está más profundamente arraigada: en lo vivo de nuestro cuerpo.

(Felix Guattari, Para acabar con la masacre del cuerpo)

El cuerpo es una superficie que parece cambiar al mismo ritmo que el mundo que le rodea; el primero se moldea al segundo y viceversa. Es el representante material de un sujeto que vive y ama, pero, entre otras cosas, padece. En el cuerpo habita la palabra y la palabra habita el cuerpo, por lo que es innegable el hecho de que hablamos y deseamos por medio de él como sujetos del inconsciente.

En este mismo tenor recordamos a Freud y sus histéricas, en cuyo encuentro se da origen al método catártico, también conocido como “cura del habla”, que es la base de lo que actualmente constituye la práctica psicoanalítica. Es ahí donde el neurólogo vienés observa los cuerpos contraídos y  anestesiados  de sus pacientes en medio de una época en que la represión sexual era de capital importancia para la moral de la sociedad victoriana. Freud se da cuenta de que el síntoma habla y proporciona respuestas, evidencia que el cuerpo no es sólo un sistema biológico dominado por el discurso médico, sino una entidad atravesada por el lenguaje.

Si bien los estados conversivos del siglo XIX ya no son cuadros tan frecuentes en la actualidad, ahora nos encontramos con padecimientos de tipo psicosomático, anorexia y bulimia, dismorfias, y un tremendo auge de la cirugía estética y obsesión por el cuerpo perfecto y el ideal de belleza.

Naomi Wolff (1991) nos dice en El mito de la belleza que esta noción, como muchas otras, se encuentra basada en el esquema económico, que es a su vez un modelo cambiario y se encuentra atravesada por la política y, por supuesto, las relaciones de poder.

Nada más echar un vistazo a la historia de la moda, en la que, por citar un ejemplo, el corsé ―cuya palabra tiene origen en el diminutivo de cuerpo o cors, y que a manera de instrumento ortopédico en busca del ideal de belleza griego― desplazaba los órganos internos de lugar debido a la reducción que se provocaba en la caja torácica al ser extremadamente ajustado; causaba incluso desmayos, pues los pulmones dejaban de recibir la cantidad adecuada de aire para llevar a cabo sus funciones. Su uso variaba de época en época e incluso se sabe que Napoleón lo detestaba, ya que consideraba que tenía consecuencias en la concepción de los hijos; dicho asunto constituiría un problema político y militar, pues era necesario engendrar nuevos soldados para la patria. Aunque en un inicio hombres y mujeres lo utilizaban para moldear el cuerpo, durante los años 1800 es cuando este artefacto adquiere un carácter disciplinario para el público femenino.

Esta disciplina ―incluso tiranía de la moda nos hace adoptar modelos (justa relación de palabras: moda-modelos) de conducta que se nos presentan socialmente como ideales que deben acatarse como normas a manera de mandatos silenciosos, un deber ser. Al cumplir con dicha norma nos insertamos en una sociedad donde la mirada se encuentra condicionada: un sujeto solamente es digno de ella en tanto sea más parecido al modelo. Sin embargo, esto presenta un doble mensaje, pues uno es a condición de dejar de ser. Éste es el principio social de la anorexia, por ejemplo, en la cual menos es más y la belleza reside en transformarse en un objeto destituido de toda subjetividad y expresión de la libido. Con base en ese carácter de ascetismo se borra el deseo del sujeto y este queda habitado por el deseo de la cultura, o en otras palabras, el deseo del Otro.

Si uno transita por las calles y pone atención, se encontrará con toda variedad de mensajes en la publicidad, la mayoría de carácter violento e irreal. Las tiendas de ropa están pobladas por maniquíes que ostentan cuerpos de fantasía, producto de estereotipos anglosajones o eurocentristas que sin embargo constituyen objetos de cotidianidad, y que en muchos de los casos se vuelven realidades incuestionables.

Bordieu (1986) nos dice:

las propiedades corporales, en tanto productos sociales, son aprehendidas a través de categorías de percepción y sistemas sociales de clasificación que no son independientes de la distribución de las propiedades entre las clases sociales: las taxonomías al uso tienden a oponer jerarquizándolas, propiedades más frecuentes entre los que dominan (es decir las más raras) y las más frecuentes entre los dominados.

Y es esta modalidad de cuerpos dominados por discursos socioeconómicos la que fragmenta a un sujeto, la que le roba su singularidad e integridad como individuo total y lo hace encontrarse en conflicto con su propio cuerpo, incapaz de lograr una aceptación, conduciéndole a una negación de sí mismo. Al cuerpo se le instala en una belleza hegemónica, presentándosele como ajeno, como no deseado, incluso como un bien que hay que mejorar, y que esa mejora puede que nos lleve al placer de posicionarnos como objeto de deseo para otros.

Es esta necesidad de ser mirados la que nos lleva a incurrir en los actos más absurdos: azotar nuestros cuerpos con interminables ayunos, con la ingestión de productos farmacéuticos; gastar dinero en exceso para infligir heridas en nuestro cuerpo que no sanan rápidamente pero que garantizan el amor que no podemos darnos, exiliados del edén de la belleza. En otras palabras, esta dominación nos conduce a la alienación.

Las autoras de Compropolitan (1980) relatan en su minucioso estudio sobre las revistas femeninas cómo contrariar las normas impuestas por los estilos de consumo a la moda era sinónimo de fracaso, y cómo  dichas señales de individualismo e incluso “rebeldía” conducen al ostracismo.

Es el carácter deshumanizador de la publicidad y su tendencia a homogeneizar y fabricar a sus consumidores lo que constituye la esencia del sistema económico en el que vivimos. Santa Cruz y Erazo (1980) escriben respecto a estos métodos publicitarios y en relación a la mujer: “Todos ellos buscan crear un tipo de mujer desvinculada de su realidad, acrítica ante el devenir político, insensible frente a los problemas de su sociedad. Se quiere un tipo de mujer que camine por encima de las contradicciones de su tiempo, por sobre la pobreza y el dolor, en busca de la felicidad que le dará el consumo.”

Es a base de objetos como concebimos las relaciones interpersonales, buscando identificaciones narcisistas que satisfagan nuestras necesidades inmediatas. Se busca la gratificación expedita utilizando al otro como medio y en el momento en el que este ya no sirva para el propósito, se le reemplaza en el orden de una economía que busca siempre más.

Estas relaciones de utilitarismo y cosificación trascienden a la especie humana; no hay más que voltear a los medios publicitarios para darnos cuenta de que la palabra carne no sólo se ajusta a toda la industria de productos de origen animal, sino también a las mujeres que se les exhibe como recurso sexual con el propósito de lograr más consumo. Dicha desubjetivización “naturalizada” de los animales no humanos constituye uno de los eslabones de origen en el que nuestra sociedad discriminatoria y patriarcal se encuentra cimentada. La dominación de cuerpo no es exclusiva de la especie humana.

Es así como el fenómeno de cosificación se vuelve rentable para muchas industrias  mediante la inserción pensamientos binaristas de dominado/dominante, feo/bello, adentro/afuera, femenino/masculino, etc., los cuales se vuelven parámetros arbitrarios de cómo habitar en un cuerpo que padece las demandas de una sociedad que amenaza con quitar la mirada (y así la existencia) de quienes no se ajusten a ella. Iconofinaltexto copy

Referencias bibliográficas:

Baldiz, M. Recopilación de algunas citas sobre el cuerpo. Recuperdado el 27 de octubre de 2013, de http://www.accep.org/cuerpo-psicoanlisis.htm#p2

Bourdieu, P. (1986). Notas provisionales sobre la percepción social del cuerpo. En Materiales de Sociología Crítica. Madrid: Ed. La Piqueta.

Guattari, F. (1973) Para acabar con la masacre del cuerpo. Recuperado el 27 de octubre de 2013, de http://es.scribd.com/doc/119968544/Felix-Guattari-Para-acabar-con-la-masacre-del-cuerpo

Santa Cruz, A. & Erazo V. (1980) Compropolitan. México: Editorial Nueva Imagen.

Wolff, N. (1991) El mito de la belleza. Recuperado el 27 de octubre de 2013, de http://www.debatefeminista.com/PDF/Articulos/elmito1022.pdf

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Sandra de Leon Languré

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