Columnas como pilares

Yo nací un año después de que Jorge Ibargüengoitia había decidido subirse al avión que lo llevaría a asuntos más placenteros que los que dejó aquí abajo.

Meses antes de su partida, publicó su último artículo periodístico en la ya también fenecida revista Vuelta. Y años atrás, con el funesto golpe de 1976, dejó de destilar su entrañable acidez en las páginas del Excélsior. Hoy lo leo gracias a los justos y necesarios compendios editados por Joaquín Mortiz y la propia Vuelta.

Pero Ibargüengoita, que era lo mismo hombre de que de letras que de periodismo y era uno de los más fundamentales articulistas, no era columnista. La rúbrica de sus textos era su solo nombre y no necesitaba ser cobijado por un título de presentación. Algo similar sucede en nuestros días con Juan Villoro, igualmente hombre de letras, periodismo y teatro. Sus comentarios – o francas crónicas – que aparecen en Reforma cada viernes no llevan rúbrica más que la de su solo nombre.

Me pregunto qué título hubiera elegido el mordaz Ibargüengoitia si, en vez de artículo, la propuesta del recién desaparecido don Julio Scherer hubiera sido escribir una columna y no un artículo. ¿Y el ingenioso Villoro?

Cuando le pidieron una columna en El Universal a Paco Ignacio Taibo I, pilar del periodismo cultural y papá de los Taibitos, decidió que se llamara “Esquina Baja”, en honor al sitio que ocuparía en la plana de la sección cultural del diario. Yo leía esas brevedades con la fascinación de quien tiene entre doce y quince años y está descubriendo la vastedad. Taibo hablaba de todo, y lo hacía volteando a la nostalgia y mirando hacia el futuro. Aún hay frases que guardo en mi sonrisa.

Aunque El Universal dejé de leerlo hace hartos años, jamás olvidaré esa columna que alimentó mi profundidad, ni otra que enriqueció mi extravagancia: “Esfera Humana”, de Enrique Castillo Pesado, el mejor periodista de sociales. Lo único bueno que a la larga me dejó la religiosa lectura semanal de una revista de espectáculos fue la sutil crueldad con la que Mario de la Reguera desmenuzaba a la alta farándula en “Que Nadie se Mueva”.

Volviendo a Taibo I, él nos dejó en 2008. Cinco años antes, mis papás dejaron de ser suscriptores de El Universal y comenzamos a recibir Reforma. Para ese entonces, a mis diecinueve años, yo ya sabía muy bien que Germán Dehesa era un señor muy divertido que escribía libros, se interpretaba a sí mismo en películas como Cilantro y perejil y reinterpretaba la sátira política en un entrañable lugar también ya extinto llamado “La Planta de Luz”. Tocaba leerlo a diario.

“La Gaceta del Ángel” fue uno de los espacios que mayor luz le han dado a mis quehaceres culturales y cotidianos. Fui lector de la del país y de la vida de un columnista que amaba la vida. Lo vi una vez en una conferencia, lo vi otra vez sobre el escenario, pero lo leí casi diario. Por eso mi garganta se anudó el día en que nos confesó a todos sus lectores que se hallaba enfermo. No de gripe, no del estómago: de cáncer terminal. Murió una semana después, en 2010.

Evoco principalmente a Taibo y a Dehesa porque sus columnas fueron, al menos para mí, precisamente eso, columnas: estructuras que aún me sostienen en mi ideología y en mi actividad, delimitadas principalmente por el periodismo cultural y el teatro. Y por todo lo demás alrededor –de la cultura, pues–. De lo demás alrededor, además de lo de siempre, intentaré platicar con ustedes.

Por cierto, hay columnas de Dehesa que sí están compiladas en libros y hay libros de Taibo I que todavía no sé si son compilaciones de sus columnas. Léanlos, que nosotros nos leeremos cuando nos toque.

@ensazu

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Enrique Saavedra

Enrique Saavedra

Reportero cultural que actúa, dirige, produce y difunde y está pensando seriamente en cambiar de giro y ser chef. El tinto y el amargo son lo suyo.
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