Carta al (nuevo) hombre de mis sueños

No te conozco y si lo hiciera seguramente te odiaría a los cuatro meses. Quizás antes. Te llamas Diego, Martín o Ricardo, cualquiera tiene el potencial de ser el nombre de mi . Me encontraste en el bar mientras mis rodillas se movían sin ritmo intentando no sentirse tan ajenas. Me agregaste a Facebook y pediste mi opinión sobre tu más reciente poema. Me saludaste en Grindr y, en lugar de preguntarme si prefería darte o ponerme en cuatro, te interesaste por mi nombre, mi cara o mi filosofía barata. Por la historia no te apures, que, si te quedas, ya me encargo yo de enaltecerla y de hacerla sonar como el choque milenario de dos astros. Puedes lo mismo pedirme el número a través del gloryhole que sacarme del cuarto oscuro y declarar que ninguna boca antes te había conmovido a un grado tan profundo como la mía cuando coronaba, segundos atrás, el tallo de tu sexo.

No podría rastrear el punto exacto en el que me enamoré de ti. Fue tal vez mientras bailabas sin camisa, atrayendo las miradas a la barra. Fue cuando el amigo de tu amigo, el contacto que tenemos en común, me dijo sin tu permiso que te había gustado mi foto de perfil. Fue cuando noté que, sin importar el medio, no había signo de interrogación ni tilde alguna que dejaras de lado para economizar la energía de tu dedo pulgar. Hola, soy Martín. Encantado. Hola, soy Diego. Encantado. Hola, soy Ricardo. Encantado. No creas que te beso porque no tengo otra cosa qué decir, sino porque llevo esperando este momento desde que tenía quince años. Estoy seguro de que entre tú y yo hay algo que nos conecta desde antes de la concepción. Y no se trata sólo de tu conversación perfecta ni del modo en que me abrazas ni del mucho tiempo que llevo necesitando que un hombre me mire, constante, paciente, sin perderse ni un segundo de mi cara.

Me queda claro que no vas a asustarte; he visto en tus ojos la misma revelación que nos señala que este encuentro fue planeado por el sino. Así que puedo confesarte que estoy concentrando en ti toda la frustración, todas las insatisfacciones, que me ha causado la vida con los hombres. Me hubiera gustado conocerte antes y de tanto que crece en mi pecho tu importancia estoy empezando incluso a odiar todos los recuerdos que no están asociados a tu aroma. No pienso convertirme en un satélite de tu vida, pero es necesario que sepas que, durante las veinticuatro horas que durará la eternidad de esta unión que ha trascendido dimensiones, la fuerza de gravedad de tus aureolas distorsionará todas las ondas del espacio adyacente a mi cerebro. En cuestión de medio día todos mis amigos estarán mareados de tu nombre.

Tienes el pelo chino, eres delgado, piel cremosa, diez centímetros más alto que yo, como me gustan. Pelo quebrado, moreno, un aire de Tin Tan y la voz ronca, como me gustan. De mi estatura, casi, es verdad que pocos son más bajos, dos entradas prematuras, un corte parejo que seguramente te hacen con la máquina del dos, los brazos fuertes, como me gustan. Tu verga es gruesa, o delgada pero larga, o igualita a la mía, casi gemelas, o de una longitud que no podría caber en ningún lado. Morena, negra, blanca, como sea, yo la mamo como si la vida misma se me fuera en esa succión, como si con cada centímetro más en la garganta me fuera a ser otorgado un ciclo adicional de vida eterna. Lo que hay entre mis labios y tu verga, en este instante, es una relación más intensa y trascendente que otras tantas que han existido de corazón a corazón.

Te dejo un segundo. Debo hacerlo. Tengo que darte espacio, pero me buscas. Me voy con mis amigos, pido un trago y tú me buscas. Me quedo quieto, esperándote, pero haciéndole al , y me buscas. Es exactamente aquí donde se encuentra tu primer mensaje cruzado y te lo digo para que lo tomes en cuenta la próxima vez que seas el hombre de los sueños de alguien. Mañana me lo vas a voltear todo y va a resultar que yo fui el insistente que anduvo tras de ti. Mientras tanto me invitas otro trago o a tu casa o me pasas la dirección para visitarte mañana. De cualquier modo, mi camino hacia tu cama ha quedado ya trazado.

Me siento sobre ti. Las prácticas de CrossFit y esas horas caminando como pato por fin tienen sentido. Te sientas frente a mí, con las piernas abiertas, me deslizo en tu interior y empiezo a contar números primos para no venirme rápido. Dos, tres, cinco, siete. Tus rodillas en el suelo ofrendándome tus labios. Once, trece, diecisiete, diecinueve. Las mías intentando que tu verga quepa entera y poder con la lengua acariciar también los huevos. Veintitrés, veintinueve, treinta y uno, treinta y siete. Y entonces ya no hay forma de ocultar quién soy. Todo lo que quiero es sentirte más adentro. Cuarenta y uno o someterte. Cuarenta y tres. Lograr que, por un fragmento de segundo, en tu cabeza sólo haya espacio disponible para mí. Cuarenta y siete, cuarenta y siete, cuarenta y siete, pierdo la cuenta. Dos, tres, cinco, siete.

Te vienes, con ese calor que me refresca el alma y que no puedo evitar expandir por todo el pecho. Termino dentro, con la dureza de mi sexo chocando con el punto y provocando que, sin tocarte ni un poquito, también explotes. Semen en la lengua. Semen en tu rostro. Semen entre mis nalgas. Semen acorazando mi pectoral izquierdo. Ojalá mi boca pudiera ser el receptáculo donde regaras usualmente tus semillas. Diego, Martín, Ricardo, ojalá esta erección que te guardo entre las manos apareciera desde ahora y durante todas mis mañanas brotando de mi almohada, llamándome a las sábanas, plantada en la cocina junto a mi taza de café.

Te quedas dormido sobre mi pecho. No digo nada. Intento resistirme, pero me gana el cansancio. Gracias por salvarme, te digo, mientras me roncas al oído y babeas sobre mi hombro. Desearía no haberle dado play al menú de fantasías que me gustaría cumplir cuando despertaras. Probar juntos el helado oscuro con forma de unicornio, visitar los diez mejores lugares de ramen en la ciudad, burlarnos de la gente que asista a la exposición de Tim Burton y ahorrarnos la cola y meternos al . Te sigo escuchando entre el sopor, tus ruidos de sueño se parecen, a momentos, a las exhalaciones de placer con las que me ponías rígido hace un rato.

Despiertas, te despides de un beso y yo cuento las horas para volver a buscarte. Qué rico me cogiste, Martín, te escribo. No respondes. Susurro quedito tu nombre fuera de tu departamento. Diego, Diego. No respondes. Llego a la esquina donde me citaste, te tiro una piedrita en la ventana. No respondes.

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David Ledesma Feregrino

David Ledesma Feregrino

Escritor en formación. Editor en Homozapping. Formó parte de la XIV promoción de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores. Escribe ajeno. La más señora de todas las putas.
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