Ávido: historias aburridas con relieves fabulosos

Ya caminamos por la segunda década del siglo XXI y permanece la idea de que la tecnología avanza a pasos agigantados. La industria que refuerza esta ilusión es la del entretenimiento, sobre todo si tiene que ver con cinematografía.

Lentes de cartón provenientes de los empaques de cereal azucarado, cuyas micas eran un celofán azul y otro rojo, dan la engañosa idea de ser pioneros en el asunto del 3D, pero la obsesión del hombre por otorgarle relieve a las imágenes se remota a finales del siglo XIX. El francés Louis Ducos du Hauron fue quien ideó el prototipo de las gafas que hoy ya no son de papel, sino de reluciente plástico: las gafas anaglíficas. Pues bien, antes de que James Cameron nos apantallara con sus marcianos azules, la tecnología de du Haron tuvo otros intentos por volverse popular, en manos de los norteamericanos (aunque hay un rumor histórico de que los verdaderos precursores fueron los nazis).

En 1952 se estrenó en Estados Unidos la película independiente Bwana Devil de Arch Oboler. La trama (basada en una historia real): leones asesinos devoran a los trabajadores de una construcción ferrocarrilera. La anécdota, sumado al elemento 3D, fascinó al público pero fue pisoteada por la crítica, que la tachó de excesiva, inestable y de poca calidad. En pocas palabras, los realizadores le ofrecían al público la posibilidad única de contemplar un león sobre su regazo y de abrazar a un amante incorpóreo (como lo anunciaba la simpática propaganda), pero nada de esto sustentado por un guión sólido.

El novedoso formato 3D generó que los cineastas de los años 50’s y 60’s concentraran su energía en producir películas que implicaran objetos voladores y espadas. En otras palabras, la forma se comió al fondo una vez más: el ingenio de los creadores se inclinó por explotar los trucos que el 3D permitía, descuidando por completo el argumento de las películas. Pues bien, me parece que lo mismo está ocurriendo con el formato 360º o “realidad virtual”.

El viernes pasado fui a la Cineteca Nacional a ver Ávido, el primer cortometraje producido en este formato en Latinoamérica. La “experiencia” (como la llamaban todos los involucrados en la producción) consistía en sentarse en un sillón giratorio con un visor y unos audífonos sobre la cabeza. La trama (basada en una leyenda mexicana): tres músicos contratados por un ricachón para tocar en una misteriosa cena, son devorados por los comensales. La exhaustiva atención que se le otorgó al trabajo con las catorce cámaras GoPro, montadas sobre un tripié especial sumada a un trabajo coreográfico impecable por parte de los actores, no dejó espacio para el desarrollo de un guión decente. Esto se nota en detalles bobos como este: en una conversación, el antropófago menciona que la pieza que interpretaron los jóvenes músicos fue compuesta por Bach… lo cual es totalmente falso. La cancioncilla más bien parecía un demo de la primera versión de SibeliusMR.

No salí decepcionada de la función: la historia universal de la innovación me ha enseñado a mantener las expectativas bajas. Lo que me sorprendió fue el ambiente festivo y cándido que reinaba el día de la proyección. Ávido contó con el financiamiento de la casa productora VR Awake, que definitivamente cree en el viejo método del pan y el circo: leones sobre los muslos, caníbales elegantísimos, sonido espectacular, luces de colores y agua de jamaica con hielo para la audiencia. Trucos de magia que no ofrecen nada mas que un testimonio exaltado sobre las nuevas herramientas de este siglo. Escribo esto mientras suspiro con furia: cualquier creador con acceso a esta parafernalia, tiene la tarea usarla con responsabilidad; y nosotros, la audiencia, tenemos la obligación de ser más exigentes.Iconofinaltexto copy

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Viera Khovliáguina

Viera Khovliáguina

Dramaturga egresada de la carrera de Literatura Dramática y Teatro de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y violinista en la Orquesta Mexicana de Tango.
Viera Khovliáguina

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