Athi-Mara Magadi

Escribo esto el 11 de mayo de 2017, cuatro años después del fallecimiento de Athi-Mara Magadi. Cuatro años son muy poco tiempo, pero parece tanto, parece toda una época, distinta.

La conocí cuando yo tenía 17 años y murió cuando yo tenía 23, convivimos por poco más de cinco años, casi el mismo tiempo que ahora lleva ausente.

Pasear con ella me hacía sentir alegre y orgulloso, me sentía el conejo que va caminando al lado del tigre. Pensaba en cómo algún día quería llegar a tener su desenvoltura, cultivar la misma seguridad, deseaba algún día poder tener yo también ese mismo aire prácticamente chamanesco que ella irradiaba con tanta fuerza. Wherever she went, she owned the world.

Escuchando las cosas que contaba de su pasado, la forma en que hablaba de ella y de su trabajo, su enfoque en los asuntos más mundanos y cotidianos, con todo eso aprendí muchísimo sobre dignidad creativa, amistad, formas de lidiar con la (lo bueno y lo malo).

Las reuniones organizadas por Athi, en las que había varios invitados, eran pequeños universos donde todos éramos planetas orbitando alrededor de ella, el sol que a veces guiaba la plática y a veces disfrutaba escuchando en silencio, mientras comíamos guisos preparados por ella y que, por lo tanto, eran como ella misma: robustos, prácticos, imposibles de copiar o siquiera emular. Las reuniones en que estábamos solamente Athi, mi madre y yo, rebosaban una calidez sorprendente, la paz y la comodidad eran de las más sinceras que he sentido en mi vida. Las reuniones en las que estábamos solamente Athi, mi padre y yo tenían siempre un cierto aire subliminalmente nostálgico, una nostalgia entrañable y acogedora. Las reuniones en que solamente estábamos Athi y yo me producían una sensación de alegría infantil que sólo se me ocurre comparar con la que compartirían dos niños pequeños que han armado un fuerte en el bosque y se esconden dentro, hablando durante horas, acompañados de dulces y de cosas maravillosas que quieren mostrarse uno al otro.

Me ayudó con el primer proyecto grande que intenté hacer en mi vida. Le gustaba mi trabajo, nunca pude terminar de creer que, a alguien con toda su experiencia, su trayectoria y su talento le gustara tanto mi trabajo. Cuando hablábamos sobre esos temas, ella siempre decía con toda naturalidad cosas que yo apenas si me atrevía a soñar para el futuro.

Muchas veces hice el papel de su traductor en distintas situaciones. Me encantaba hacerlo, porque reforjar sus palabras de un idioma a otro me hacía sentir (entonces inconscientemente, es hasta ahora que me doy cuenta de esto) que el vínculo entre nosotros se fortalecía, porque las palabras son algo sin cuerpo pero con fuerza, y en muchas ocasiones sus palabras no sólo salían al mundo sino que a veces, para eso, pasaban a través de mí.

Más de una vez, gente ajena pensaba que éramos familia, ella mi abuela y yo su nieto; cuando Athi entendía la pregunta se reía y respondía, en español y con toda seriedad en su sonrisa: Oh, no, él es mi hijo.

Athi era, además, prominentemente una condensación de historias, era una presencia prácticamente sobrenatural en cuanto a que su interior estaba compuesto de incontables historias que había ido viviendo a lo largo de su vida. Tenía anécdotas en diversas partes del mundo, a distintas edades, de distinto talante. Su vida entera se sentía como una sucesión de novelas y de películas, Athi misma era como un personaje que hubiera revoloteado fuera de historias imaginadas por Hayao Miyasaki, Neil Gaiman o J K Rowling.

Nunca dejaré de extrañarla. Athi-Mara Magadi, con más de setenta años, tuvo siempre un alma mucho más joven que la mía, fue mi amiga, fue una mentora, fue una parte decisiva de mi vida. No puedo más que estar profunda e infinitamente agradecido por haber podido entrar en su vida, durante sus últimos años, porque pude ser una pequeña parte de su inmensa y maravillosa historia, porque ella se volvió una parte inmensa, maravillosa y vital de mi propia historia.

 

Cuando murió, en su casa encontramos un poema escrito por ella, muchos años atrás. Lo traduzco aquí abajo:

 

¿Qué es caminar descalzo?

Ir descalzo es tocar las cosas,

lugares o personas, con nada interpuesto.

Descalza es como vivo.

Ir descalza es un mundo de vida.

Ir descalza es estar tan cerca

como es posible estarlo…

Tan cerca a eso

como el espacio físico lo permita…

Tan cerca a otra mente,

como su dueño lo permita.

Ir descalza es danzar entre llamas…

Quemándose sólo muy de vez en cuando.

Ir descalza es caminar en la lluvia,

apenas sintiendo frío.

Ir descalza es correr por

una playa rocosa, sumergiendo

la cara contra el viento…

Y, sólo ocasionalmente,

sintiendo el agudo dolor

de una piedra afilada en la planta del pie.

Ir descalza, es libertad…

Sin sentir las irregularidades

de tela o cuero, doblegando

la sensibilidad del alma…

Ir descalza es descuido

pero, dentro de su indomable abandono,

una se vuelve más sensible…

Y se adentra en la consideración y el cariño.

Ir descalza, es caminar, ir avanzando…

O a veces tropezar hacia atrás en la vida.

Ir descalza es exponer el alma

y el cuerpo, el viento, la lluvia y el fuego…

Permitiendo así que nos asalte el amor,

el regocijo y la pena…

Admitiendo sus significados e indiferencias…

Dejándose abierto para absorber los néctares de la vida…

Así sean amargos o dulces.

Ir descalza es vivir esta

vida material, momento a momento…

A lo largo, ancho y profundo

de la propia capacidad…

Usualmente, uno sobrevive…

Yo, soy una sobreviviente.

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Diego Minero

Diego Minero

Tlaxcala, 1990. Se dedica a la escritura y a la ilustración. Ha sido becario del Foecat en dos ocasiones en la disciplina de Letras, y ganador del Premio Estatal de (2010); publicó la novela 'El pueblo en el bosque', y ha publicado columnas y viñetas en diversos medios impresos. Ha tomado un par de talleres, pero el grueso de su formación ha sido autodidacta.
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