Asuntos generacionales, Patti Smith, Rayuela y hobbits

El pasado 2 de septiembre, Patti Smith se presentó en la Casa del Lago, donde leyó poemas, homenajeó a Roberto Bolaño e interpretó algunas canciones acompañada por Lenny Kaye. Patti Smith anda ya por su séptima década y su aspecto corresponde a lo que es: una chamana experimentada, poderosa y admirable a la que acuden tanto aquellos que la conocieron desde años atrás como jóvenes que todavía no habían nacido cuando ella estaba ya en plena labor creativa. Efectivamente, se reporta que la mayoría de quienes acudieron a la presentación eran jóvenes, jóvenes admirando a una mujer que les dobla o casi triplica la edad, escuchándola y observándola con ojos brillosos de la emoción, conscientes de que están en presencia de una fuerza espléndida con mucho que decir, mucho que enseñar.

La propia Smith dice que “con los años, mucha gente, sobre todo joven, me dice que después de leer Just Kids quieren ser artistas” (El País, 3 de septiembre de 2017). Éramos unos niños (que así se tituló la edición en español de Just Kids) es un libro tan poderoso como un viejo manuscrito arcano, tan lleno de enseñanzas como un texto religioso y narra una tan interesante como las mejores novelas, se trata de una autobiografía de Smith que tiene todos los elementos para volverse una referencia amena, genuinamente útil y muy sabia para todos los lectores jóvenes que tengan un poco de alma; además debería ser leída por cualquier ser humano que vislumbra en su propia persona cualquier tipo de enamoramiento con la labor artística en cualquiera de sus formas. Su lectura se verá muy bien complementada con otra magnífica autobiografía mucho más breve, pero de ningún modo menos poderosa: La viuda Basquiat, de Jennifer Clement, que narra el paso visceral y tempestuoso por una vida en la que el arte es la causa de todos los gozos y todas las penas.

Pues bien, Patti Smith es una mujer ya mucho mayor que buena parte de sus seguidores, no es un caso similar al de, por ejemplo, Jim Morrison o Kurt Cobain, porque recordemos que ellos dos, al morir siendo jóvenes, nunca fueron viejos, sino que se volvieron vampiros inmortales, eternamente jóvenes y, por lo tanto, cualquier joven en el mundo que los admire está, en realidad, identificándose con otros jóvenes como él, solamente que jóvenes perpetuos. Smith, en cambio ‒y afortunadamente‒ ya ha recorrido muchos más años y eso no ha disminuido ni siquiera un poco la admiración y el respecto que le tienen los jóvenes.

Esto me hace pensar en dos casos muy específicos dentro de la literatura: Julio Cortázar y J R R Tolkien.

Cuando Cortázar escribió Rayuela lo hizo pensando en que era un libro escrito para un público ya maduro, pero los fans del libro terminaron siendo otros. Él mismo lo cuenta: “[…] pensé cuando terminé [de escribir] Rayuela que había escrito un libro de un hombre de mi edad [Rayuela se publica en 1963, cuando Cortázar tenía 49 años] para lectores de mi edad. La gran maravilla fue que ese libro cuando se publicó en Argentina y se conoció en toda América Latina encontró sus lectores en los jóvenes, en quienes yo no había pensado directamente jamás al escribir ese libro. Los verdaderos lectores de Rayuela han sido los jóvenes, las primeras reacciones, las primeras cartas, cartas de adhesión o cartas de insultos, de las dos […] venían de jóvenes. Y ese fenómeno se ha venido manteniendo a lo largo de los años y por ejemplo, ya para darte una situación más concreta, hace dos años estuve en México y en Caracas y dialogué con los estudiantes de las universidades y cuando llegó el momento de las preguntas los jóvenes centraron prácticamente todo en Rayuela. […] Entonces la gran maravilla para un escritor es haber escrito un libro pensando que hacía una cosa que correspondía a su edad, a su tiempo, a su clima y de golpe descubrir que en realidad planteó problemas que son problemas de la generación siguiente. Me parece una recompensa maravillosa y sigue siendo para mí la justificación del libro.” (entrevista a Julio Cortázar en el programa A fondo, 1977. Puede encontrarse el video de la completa de dos horas en YouTube y vale mucho la pena asomarse a ella). De modo que el libro fue inmediatamente adoptado por el público joven que, desde ese momento y hasta la actualidad (quizá en estos días haría falta más gente que leyera el libro completo en vez de solamente compartir el capítulo 7 una y otra vez por todos lados) lo convirtió en un estandarte, en un símbolo de la juventud que busca la posibilidad de otras realidades en el mundo que no sean las rígidas y comunes.

Por otro lado tenemos a J R R Tolkien, un académico británico, lingüista, converso católico y, en su forma de ser, la definición de todo un modosito; él mismo dijo que los hobbits como raza estaban inspirados en él mismo, con su gusto por lo hogareño, las múltiples comidas, la comodidad y la vida más pacífica que se pueda desear (en medio de esa vida, bien merecida después de haber combatido en la Primera Guerra Mundial) fue como Tolkien escribió El Hobbit, la trilogía de El Señor de los Anillos y su multitud de historias sobre la Tierra Media. El mayor punto de éxito de la trilogía sobre el Anillo Único fue durante los años sesenta, y el público que más profundamente quedó enamorado de la obra de aquel profesor tan modosito fueron las hordas de hippies que, en esa década, pululaban en Estados Unidos, que veían en los oscuros ejércitos de Sauron un símil de las fuerzas policiacas y militares de su propio país y, en los elfos, hobbits y enanos encontraban ejemplos de una existencia en armonía con la naturaleza.

La juventud, por regla general, siempre se rebelará de alguna manera contra la generación anterior (ahora ya no solamente contra los “adultos” sino también contra otros jóvenes que sean un poco más o un poco menos jóvenes que ellos, debido a que actualmente la tecnología y la globalización modifican significativamente el mundo ‒o al menos la forma de percibirlo y vivirlo‒ con tal rapidez que ya no es necesario esperar treinta años para que se marque una brecha generacional notable, ahora bastan cinco o tres años). Sin embargo, la muy necesaria rebeldía debe ser inteligente en reconocer qué cosas de las que han existido antes son las que habrán de fortalecerlos. Aquí es cuando entra aquella famosísima máxima de “matar al padre”, refiriéndose simbólicamente en las artes a que un escritor o un pintor debe no sólo rebelarse en su persona sino en su obra, creando cosas que contradigan lo que los creadores anteriores habían establecido. Muy bien, esa es la forma en que el arte puede evolucionar en busca de cosas nuevas… sin embargo, vale la pena recordar la sabia frase de Picasso: “Para romper las reglas antes debes de conocerlas”, como hizo él mismo, si damos un vistazo a sus primeros trabajos que muestran una técnica realista admirable. Me parece que en la actualidad muchos creadores jóvenes no solamente malinterpretan la regla de “matar al padre” sino que, deliberadamente en no pocos casos, parecen usarla para excusarse de una auténtica disciplina en su trabajo. Es decir, amparándose bajo el pretexto de “matar al padre” y por lo tanto desechar todo lo que vino antes, desprecian automáticamente a todos los creadores que escribieron o pintaron or whatever antes que ellos, en aquella frase encuentran el pretexto para ahorrarse lecturas clásicas e intentar aprender de los artistas ya consagrados (que por algo son, en primer lugar, el “padre” en la máxima).

Las nuevas generaciones sí deben rebelarse contra los aspectos rancios de aquellos que los han precedido (después de todo así surgió el punk y así fue como las mujeres consiguieron el derecho al voto), peo también hay que saber reconocer cuáles son las cosas de generaciones anteriores que sirven de firme y magnífica cimentación. Aquellos que desprecian automáticamente a de la generación anterior con trabajo admirable solamente por nimiedades terrenales o por el mero asunto de ser de la generación anterior estarán construyendo sus chozas sobre agua; tienen un futuro mucho más promisor, por ejemplo, los muchos jóvenes que acudieron a ver y escuchar con admiración y respeto a Patti Smith en la Casa del Lago y corearon junto a ella People Have The Power

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Diego Minero

Diego Minero

Tlaxcala, 1990. Se dedica a la escritura y a la ilustración. Ha sido becario del Foecat en dos ocasiones en la disciplina de Letras, y ganador del Premio Estatal de Cuento (2010); publicó la novela ilustrada 'El pueblo en el bosque', la novela corta 'Un último vaso de Jerez' y el cuentario ilustrado 'Grand Guignol'. Ha publicado columnas y viñetas en diversos medios impresos. Ha tomado un par de talleres, pero el grueso de su formación ha sido autodidacta.
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