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La espada del ángel

Por Christian Mendoza Arango - November 15, 2011

Los debates sobre la eutanasia se reducen, gracias a una monumental ingenuidad, a exhaustivas e inútiles mesas redondas, a grupos de cristianos indignados. Probablemente nunca se conocerán las oscuras vertientes del asunto. Una de ellas, es cuando algún demacrado le comunica sus deseos suicidas a su psiquiatra. Si se determina que se trata de una simple mala época, se prescriben somníferos y rutinas de ejercicio. Pero si el paciente demuestra tener una voz tranquila, el brillo estoico de un hielo en su propio sufrimiento, se le puede ofrecer la opción de la muerte. Todos los que ejercen la psiquiatría saben con quién acudir en el caso de que se enfrenten a una circunstancia así. Algunos tendrán un miedo que justificarán con una ética inquebrantable. Otros, los menos, los verdaderos profesionales, buscarán el contacto en sus agendas de piel.

Así lo hizo quien trataba al señor Gabriel. Ya no quedaban más preguntas que hacer, no más posibles soluciones a su problema. El psiquiatra, retirándose el señor Gabriel finalizada una sesión, levantó el auricular y digitó de memoria el número. “¿Sí?”, le respondió una voz masculina. Era una tarde azul llena de pájaros. El psiquiatra estableció el cuadro clínico. “En verdad es necesario visitar a nuestro amigo. ¿Él lo sabe?”, preguntó la diáfana voz. “No, pero estará de acuerdo”, respondió el psiquiatra. “Yo me encargaré de pagarte por el trabajo”.

La casa del señor Gabriel tenía una decoración de cabezas de animales disecados. Servía su whisky con un lúgubre temblor en la mano, un temblor que, para alguien externo, era imperceptible, pero que dentro de él tenía vibraciones que enturbiaban su osamenta. El futuro ya no significaba miedo, ninguna otra sensación. El señor Gabriel podía sentarse y quedarse ahí para siempre. No perturbarían visitas su condición de estatua: la más ensimismada de las estatuas.

Era una tarde con más pájaros que las anteriores. El señor Gabriel, en el sofá, ensayaba la pose definitiva en la que transcurriría sus años restantes, pero el timbre sonó. En tales ambientes, el timbre le pareció algo sorprendente. Aturdido, fue a atender. Un joven con retoños de bigote, gabardina, sombrero y guantes lo saludó e irrumpió en la casa. Antes de que el señor Gabriel pudiera protestar, el caño negro de un rifle emergió de los pliegues de la gabardina. El señor Gabriel alzó las manos, la frente empapada de sudor. El joven sonreía. Su sonrisa era grande y feliz, casi estúpida. “Vengo a hablarte de la vida. No soy ningún ladrón. Estoy aquí, única y exclusivamente para hablarte de la vida”, dijo el mozo sin dejar de apuntarle al corazón. Los labios del señor Gabriel temblaban. Con muchos esfuerzos emitió las primeras palabras, pero no tardó en perderle el miedo al arma que en si no lo estaba amenazando. Habló sobre lo que para él había sido la vida, llegando a tristes conclusiones, mirando con irónica amargura a los estantes donde estaban las fotografías de su familia, de sus viajes, de su nacimiento. Algo se encendió en su sentido intuitivo. Comprendió la rara situación en la que se encontraba. Con una complicidad de amigos del alma le concedió al joven el siguiente paso. Jalar el gatillo y dar un disparo preciso.

El joven, horas más tarde, se reunió con el psiquiatra en un restaurante de hamburguesas. “¿Estuvo de acuerdo?”, preguntó el doctor con una papa frita entre los dedos. “Creo que hasta me agradeció”, dijo el otro, sorbiendo los restos de su refresco. El psiquiatra deslizó por la mesa una bolsa con el logotipo del restaurante que contenía 5 olorosos fajos de billetes. El joven los miró disimuladamente y enrojeció con ternura.

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Christian Mendoza Arango (1990) estudió el bachillerato en el Centro de Artes y Humanidades con especialidad en Artes Plásticas. Ha trabajado como reseñista y entrevistador en la revista electrónica Pitch.





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