Apuntes de un maestro sobre La Mars y Malala

Marcela “la Mars” Aguirre podría ser o haber sido mi alumna. Si por alguna razón no saben de quién hablo, me refiero a la chica de dieciséis años que en un video anunciara haber abandonado la escuela por no simpatizar con el sistema educativo, y a quien la opinión pública lleva semanas dedicándole, de forma más o menos intermitente, atención y harto veneno. Mars es errática, ingenua, ruidosa, de argumentos abstractos, e incluso ridícula —cómo olvidar el reto del condón en la nariz—; es decir, está siendo aquello que es y tiene derecho a ser: una adolescente. Como el que pudo haber sido su maestro, no me preocupan tanto su decisión o su comportamiento como la ferocidad de la reacción que estos han generado entre la gente. (No se me confundan: no estoy apelando a la consabida queja, de suyo falaz, de señor victoriano, aquella de “ya no se puede opinar nada porque alguien se ofende”. No señalo la crítica en sí, cuya existencia en abundantes e incómodas cantidades celebro, sino su calidad.) A pesar de lo ya dicho sobre la famosa desertora —y de reconocer cierta simpatía natural y automática mía por casi cualquier tipo de disidencia—, quiero explicar por qué, como profesor de secundaria, simpatizo más con ella que con sus detractores.

A la Mars se la acusa de supuestamente disfrazar de rebeldía su incapacidad de adscribirse al camino al éxito y la superación trazado para cada uno de nosotros: la educación formal. Me repele, pues, para empezar, la subjetivización del problema. Al escuchar a esta adolescente despotricar contra el “pinche sistema retrógrado”, el grueso del público procede de inmediato a anular el contenido de la queja —la (falta de) calidad del sistema educativo— anteponiendo las (siempre hipotéticas) motivaciones personales del enunciante. “Sólo quiere sus cinco minutos de fama”, o “qué fácil quejarse en vez de echarle ganas”, decían algunos tuits. La lógica enferma subyacente: si descalifico al quejoso, la queja deja de tener valor. Olvidan que los vicios de la personalidad de la Mars y la podredumbre del sistema educativo son cosas que pueden coexistir simultánea y perfectamente.

En segundo lugar, está la enternecedora y cada vez más equívoca confianza del gran público en la educación formal, que yo ejerzo de lunes a viernes y de la cual Mars Aguirre ha renegado. La idea de que ir a la escuela y estudiar una carrera es la puerta a un empleo digno y una estable es muy bonita, lástima que sea una fantasía en franca oposición a la vida cotidiana. A diferencia de lo que sucedía con generaciones anteriores, ya no digamos a la de mis alumnos, sino incluso anteriores a la mía, hoy la educación formal no es garantía de movilidad social. No se trata, hay que decirlo, de mi opinión o la de una adolescente, sino de datos materiales y medibles (acá un artículo al respecto, y acá el estudio de la OCDE). El principal problema de la educación en México no son los maestros ni las so-called cada vez más atrofiadas nuevas generaciones (ya Sócrates creía que no había peor generación que le seguía a él), sino el modelo económico, el liberalismo mutante que en la teoría promueve el éxito de cualquiera, mientras que en la práctica cualquiera son dos o tres mega empresarios con la libertad legal de precarizar el trabajo de todos los demás; en general, es a eso a lo que se le llama crecimiento económico. Nuestra educación formal ideologizada prepara jóvenes para dicho trabajo precarizado con la falsa promesa de convertirlos en esos dos o tres mega empresarios que, dicho sea de paso, no planean dejarle su lugar más que a su propia descendencia. (Al mismo tiempo, este modelo restringe el acceso a la universidad pública para beneficiar a la privada, de paso haciéndole creer a un montón de jóvenes que si no logran acceder a la primera es por falta de méritos propios.) Con estricto apego a la realidad, si yo les digo hoy a mis alumnos que la forma de asegurar su futuro es seguir estudiando, les estaré mintiendo. Por eso, quienes tenemos la cándida pretensión de ser buenos maestros, lo vamos siendo no gracias al sistema educativo sino a pesar de él; enseñamos inglés, como es mi caso, no para que esos tiernos cúmulos de hormonas y dudas tengan un asset más en su currículum y se coman al nebuloso mundo profesional, sino como un pretexto para que expandan su capacidad de entenderse a sí mismos y al mundo, justo lo contrario a lo que el modelo socio-económico exige. Se puede transgredir desde dentro, sí, pero igual simpatizo más con quien transgrede desde fuera, rompiendo la membrana y haciendo escándalo pueril desde el exterior, que con quien reproduce el modelo dando por hechas sus bondades.

Resalta también la comparación reciente —azuzada en primer término, hay que decirlo, por la propia Mars Aguirre— entre ésta y Malala Yousafzai, activista pakistaní y premio Nobel de la Paz. La marea trolezca se ha volcado con regodeo hacia la comparación irónica y la franca indignación, igual en Twitter que en columnas de opinión como ésta o ésta, que además se llevan de corbata a sus defensores. Se trata de una comparación idiota, sí, en su propuesta original, pero idiota y miope en el troleo y el presunto análisis resultantes. Por supuesto, en un mundo unidimensional, frente a la inspiradora activista sometida a la barbarie, la burguesita Mars Aguirre palidece con su insurrección de juguete. Pero, sorpresa, el mundo no es plano.

Malala no podría haber sido mi alumna, por una razón además de por la obvia incompatibilidad geográfica. De haber querido ser maestro de esta otra adolescente, obligada a crecer a punta de balazos, en su país, no habría podido darle clases por el simple motivo de que ella no tenía derecho a la educación. Una de las aseveraciones recurrentes para descalificar a la Mars es que Malala, al contrario de ella que dejó la escuela, luchaba por “superarse”. Pero lo cierto es que superarse es un concepto esencialmente occidental, y en particular neoliberal. Lo que Malala Yousafzai hizo fue luchar por la obtención de un derecho humano, el derecho a la educación (un derecho que por lo demás no incluye la obligación de ejercerlo). La obtención de este derecho básico en el contexto pakistaní de Yousafzai está más cerca de un esfuerzo humano de igualdad y acceso a la construcción individual y social que al aura hedionda y generalmente clasista de éxito personal y respetabilidad que emana la educación occidental. En México, ese derecho por el que Malala tuvo que salir a las calles y recibir disparos, está garantizado, al menos en la teoría. Pero ello no significa que la administración de la educación formal sea eficiente ni mucho menos útil, y ahí es donde ambas jóvenes se cruzan, a pesar de los contextos tan diferentes, a pesar de las personalidades, los métodos y las palabras tan disímiles, a pesar de todos los prejuicios: todos tenemos derecho a una educación que esté al servicio de nosotros mismos, no del poder económico y político. Malala tiene razón, porque a nadie debe negársele el derecho a estudiar; la Mars, aunque les duela a las buenas conciencias, tiene razón, porque nadie tiene la obligación de adscribirse al ejercicio de la versión gangrenada de ese derecho. Romantizar a nuestras abuelas que salieron adelante a pesar de sólo haber terminado la primaria o a los luchadores sociales de contextos diferentes no resuelven el problema de fondo, el modelo económico antisocial y antihumano enquistado en el sistema educativo formal mexicano. Decir que Malala no podría haber sido mi alumna porque carecía del derecho me pesa apenas poco más que decir que la Mars, en las circunstancias que compartimos, sí podría haberlo sido.

Todos los días lo veo en mis grupos: lo diferente asusta. Y lo que asusta se margina, se reprime. Cuando lo diferente incluye un cuestionamiento al statu quo del que se forma parte, no solo se lo margina sino que se lo ataca con ferocidad, porque el susto ya no es susto sino terror. A nadie le gusta que le digan que el orden de las cosas, el orden de su vida, el orden de sus aspiraciones, está fundado en una mentira, y la reacción es siempre atacar al que cuestiona con violencia redoblada, tratando de encontrar en cualquier nivel de la lógica y la fantasía justificaciones que descalifiquen al sublevado para salvaguardar la tranquilidad de sus almas. Nada de esto es necesariamente consciente; casi nadie racionaliza que vive con la felicidad pendiendo de un hilo. Pero es real. La Mars pudo haber sido mi alumna, y como su hipotético profesor me habría tomado una clase con los demás alumnos, sus compañeros, si no para invitarlos a seguir su ejemplo, cuando menos sí para explicarles por qué merece más de nuestra empatía que sus cómodos (aunque aterrados) detractores.

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Adrián Chávez

Adrián Chávez

Escritor y traductor, autor de 'Señales de vida' (Fá Editorial). Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el área de novela y es editor de La Hoja de Arena. Alterna la y la traducción con la docencia. Twitter: @Ad_Chz