Angélique: un espectáculo pertinente

Foto: Time Out

La primera vez que vi Angélique me perdí el segundo acto; no voluntariamente, sino que se trataba de apenas una muestra, enmarcada en el Festival de las Artes, para el que yo hacía el subtitulaje. Aun incompleta me pareció un espectáculo disfrutable, bien actuado y musicalizado con sutil maestría, pero no fue sino hasta una segunda ocasión, en que pude verla completa durante la temporada en curso en el Foro La Gruta del Helénico, que la encontré no sólo bella sino también pertinente.

Apenas se entra en la sala el teatro deja de serlo; el jazz es tiempo y lugar: México, 1959. Pronto aparece en escena ella, Angélique, mulata francesa emigrada a América en el mismo barco en que viajaba Edith Piaf, y que ahora trabaja en este bar en que nos encontramos todos, cantando los hits de la época al ritmo que le tocan el piano, al contrabajo y la batería. Con el pasar de las canciones asistimos también al pasado, la historia de una mujer que parece ser, para quienes la rodean, no sólo una mujer sino también y sobre todo un color de piel.

Desde el inicio, la obra es todo mestizaje. Mestizaje musical, que entrelaza La Vie en Rose y Bésame mucho, Fever y La Llorona en una sola propuesta arreglística —que de hecho mereció la grabación de un disco—; mestizaje de amores, los que Angélique dejó en su país y el que le profesa, por ejemplo, a Cantinflas, su amor platónico; mestizaje también fallido, el de un México estancado, lleno de pretensiones, que no logra fundirse con el primer mundo: la hora y media que uno pasa escuchando —en todas sus acepciones— a Angélique es al mismo tiempo placer y confrontación, un disfrute y una lucha con los propios prejuicios.

Muriel Ricard es la presencia poderosa que da al personaje , voz, y verosimilitud, a tal punto que cuesta trabajo imaginarse otra Angélique. Eduardo Castañeda, dramaturgo y director, la lleva por una historia que casi no lo es, porque lo que vemos no deja de ser un show nocturno, apenas interrumpido a ratos por un pasado difuso. Son precisamente la música y el humor, la perpetua sensación de bienestar, los que hacen de Angélique una anomalía tan bien lograda: una obra cuyo engranaje se sustenta en el final, pero que no aburre ni confunde al espectador en el camino. Es en efecto ese final —que yo me había perdido la primera vez— lo que transforma el espectáculo en teatro, lo que le da un discurso que cimbra todo, sin anular el placer.

El equipo creativo lo completan Alejandra Aguilar en la asistencia de dirección, y los tres músicos en vivo: Alonso López, al contrabajo; David Iracheta en la batería, y Geo Enríquez en el piano y la dirección musical. Angélique se presenta todos los lunes a las 8:30pm en el Foro La Gruta del Centro Cultural Helénico (Av. Revolución, 1500) hasta el 17 de abril.

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Adrián Chávez

Adrián Chávez

Escritor y traductor, autor de 'Señales de vida' (Fá Editorial). Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el área de novela y es editor de La Hoja de Arena. Alterna la y la traducción con la docencia. Twitter: @Ad_Chz
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