A crappy excuse

Recuerdo, cuando era niño, haber visto incontables veces los logotipos de Miramax y de The Weinstein Company. Recuerdo la inmensa emoción, la tremenda ensoñación que esos logotipos me despertaban al iniciar una película (por alguna razón son dos de los logos que recuerdo con más nitidez respecto a ese sentimiento infantil), me hacían soñar despierto sobre un día en que, en una pantalla, aparecería cualquiera de esos logos justo antes de empezar una película mía. Los tiempos cambian. Hace poco, Hollywood retumbó con un escándalo enorme, añejo, nauseabundo y lamentablemente presente en todos lados, en todas las escalas: el escándalo de acoso sexual y violación por parte de Harvey Weinstein a por lo menos veinticinco actrices (so far, porque siguen apareciendo más denuncias). A principios del pasado octubre, las periodistas Jodi Kantor y Megan Twohey publicaron un reportaje donde contaban al mundo entero lo que, dentro del medio, no era precisamente un secreto. El problema aquí no es solamente Harvey, sino toda esa gente que sabía pero hacía como que no sabía.

Harvey Weinstein era un famoso y poderoso productor, con más de tres décadas de trayectoria. Las evidencias de que, dentro de la industria, ya era perfectamente conocida su conducta se pueden encontrar en referencias, a manera de bromas (en la comedia televisiva 30 Rock, de Tina Fey, en bromas de Seth McFarlane durante su presentación de los premios Oscar de 2013) hasta advertencias directas, como la que hizo Courtney Love en 2005… El destape actual del escándalo revela que muchas actrices habían hablado al respecto con gente cercana y a veces no les creyeron, a veces fueron ignoradas. Ben Affleck tuiteó su decepción y desconcierto al enterarse de las acusaciones contra el productor… de inmediato, Rose McGowan declaró que ella misma ya le había contado esto a Affleck. La misma acusación recae sobre más personas dentro del medio. Cuando Angie Everhart denunció a una multitud de gente durante una cena en Cannes que Harvey Weinstein entró a su habitación y se empezó a masturbar delante de ella, por toda respuesta obtuvo un “Ah, así es Harvey”.

En cuanto las denuncias recientes golpearon con las primeras consecuencias a Weinstein, Oliver Stone declaró sobre el productor que “No es nada sencillo esto por lo que él está pasando”. Después se retractó de ese comentario, pero no deja de ser interesante ver cuál fue su primera reacción ante la noticia.

Quentin Tarantino, a quien la compañía de Weinstein produjo todas sus películas hasta ahora, declaró sentirse sorprendido y destrozado por las acusaciones y que necesitaba un par de días antes de hablar, para poder asimilar la sorpresa, la furia y el dolor. Poco después declaró: “Yo sabía lo suficiente como para hacer más de lo que hice. Hubo más cosas que solamente los rumores normales, los chismes habituales. No era información de segunda mano. Yo supe que él hizo algunas de estas cosas. Desearía haber tomado responsabilidad por lo que escuché. Si hubiera hecho lo que debí haber hecho entonces, yo no habría trabajado con él”. Tarantino sabía de estas cosas, siguió trabajando con Weinstein durante años y ahora, asegura, se arrepiente; dice también: “Lo que hice fue minimizar los incidentes. Cualquier cosa que diga yo ahora va a parecer una mera excusa” (a crappy excuse, dice él).

Tuvieron que ser las mujeres, las propias víctimas, quienes comenzaron a hacer sus denuncias, ya no a confidentes supuestamente cercanos, sino hacia el mundo entero, exponiendo con reflectores ‒todavía más‒ evidentes lo que se había asumido como una cotidianidad en Hollywood, con todo y hombres enterados pero indiferentes o deliberadamente encubridores o que simplemente no querían creer lo que escuchaban o lo que veían.

A partir de aquí este texto podría seguir detallando toda la situación sobre Weinstein (hay muchos artículos y videos que hablan a profundidad de todas las acusaciones, todos los nombres de las mujeres que lo han acusado, etc.) o podríamos ahora dedicarnos a blandir el dedo en reprimenda ante las caras de Affleck o Tarantino o de todos los presentes durante esa cena en Cannes… pero en vez de eso lo que corresponde ahora es girar la cámara y mirarnos a nosotros mismos.

Decíamos al principio que el escándalo de Weinstein es la reproducción de algo que ocurre en todos lados, en todas las escalas. Hay Weinsteins en todos los ámbitos, en las grandes casas productoras, en las compañías disqueras, en las oficinas de gobierno, en las escuelas, en los pequeños negocios, en los noviazgos juveniles. No es aventurado decir que 90% ‒seguramente más‒ de ellos quedan completamente impunes… en parte porque también hay Afflecks y Tarantinos en todos lados y en todas las escalas; lo más probable es que todos en algún momento hemos pecado de ser un Affleck o un Tarantino, por no haber dicho algo, no haber hecho algo, no haber creído algo, por haber normalizado algo. ¿Qué es lo que detiene a un hombre para denunciar a otro hombre o para intentar hablar con él, respecto a una situación deleznable en que lo está viendo incurrir? ¿El miedo? ¿La complicidad? ¿La apatía? ¿Asumir que es lo normal? Es muy necesario que todos nos hagamos estas preguntas de manera muy personal y nos las respondamos con sinceridad absoluta. Si no queremos que se nos acuse a todos de ser parte del problema entonces, definitivamente, cada uno debe asegurarse con total honestidad de realmente no ser parte del problema en medida alguna.

Estadísticamente, todos nosotros tenemos por lo menos un amigo machista, misógino, somos cercanos a una persona a quien en algún momento veremos hacer o escucharemos decir algo realmente profundo en esas categorías. ¿Esa cercanía, esa amistad, nos silenciará e inmovilizará como a Tarantino o a tantos otros amigos de Weinstein durante tanto tiempo ‒quizá más vale tarde que nunca‒? No debería ser ninguna excusa que la amistad haga difícil hablar “en contra” de un amigo, todo lo contrario, si somos realmente cercanos a esa persona tenemos incluso la ventaja, en primer lugar, de que podemos hablar con él, de que puede escucharnos. Si hay un hombre agresiva y peligrosamente misógino cercano a nosotros ¿no vale la pena hacer todo lo posible para razonar con él, de una manera amistosa y sincera, si en verdad se trata de alguien que nos importa? Y si es alguien que ni siquiera nos escucha y desprecia estas cuestiones ¿bajo qué pretexto no se ha de denunciar lo que es vital denunciar?

Estamos hablando de un problema gravísimo y que se encuentra, literalmente, en todos lados; por un lado, Alice Glass (de Crystal Castles) denuncia finalmente a Ethan Kath por años de alarmante y despreciable abuso contra ella, nosotros no podemos hacer nada más que observar a la distancia, profundamente tristes y enfurecidos… pero por otro lado, también hay cosas que suceden mucho más cerca, al alcance de nosotros, en el radio cercano dentro del que sí tenemos posibilidad de hacer algo, y esto implica cosas tan inmediatas como empezar a tomar consciencia, como hombres, de cada acción machista, de cada acto misógino, de aquellos cercanos a nosotros y que nos importan y, por supuesto, también en nosotros mismos, porque siempre hay alguna cosa que corregir, siempre hay algo que mejorar.

En semanas recientes hemos tenido noticias que nos recuerdan que la situación sigue siendo gravísima: desde los planos más poderosos y globales, como el escándalo de Weinstein, siendo uno de los productores más poderosos de todo Hollywood, o el escándalo de acoso sexual en el parlamento de Westminster, hasta la escala más local (aunque igualmente despreciable), con el par de empleados que, en Tlaxcala, odiaban tanto que su superior en una tienda fuera mujer (Jazmín Contreras López, 19 años de edad) que decidieron asesinarla. Actualmente, los asesinos de Jazmín están detenidos e iniciando su proceso acusatorio; el secretario de defensa británico, Sir Michael Fallon, renunció a su puesto tras las acusaciones de acoso sexual en su contra y Weinster ha sido despedido de su propia compañía y es bastante seguro decir que ha perdido para siempre su lugar en la monarquía de Hollywood… estas consecuencias podrían despertar la optimista opinión de que quizá, poco a poco, las cosas están cambiando y comienza a haber consecuencias reales contra los más abominables actos machistas. Pero después uno recuerda que Weinster no está en la cárcel, sino que se inscribió en una lujosa clínica privada para “tratarse” contra su alegada “adicción al sexo” (desmentida por varios especialistas) y vuelve el escepticismo. Después uno recuerda que el hombre acusado por múltiples mujeres, hace un año, de acoso sexual, y de quien existen grabaciones donde admite orgullosamente su comportamiento agresivo hacia las mujeres, sigue inmutable en el puesto de presidente de uno de los países más poderosos del mundo.

Estamos hablando de un problema que asciende hasta los niveles más altos y poderosos, con las raíces hundidas en los aspectos más personales y cotidianos. Vivimos en un mundo repleto de Weinsteins, vivimos con la posibilidad constante de convertirnos en cómplices por incredulidad o indiferencia. Quedémonos al final con el recuerdo, una vez más, de las palabras de Quentin Tarantino y reflexionemos al respecto, para uno mismo: Yo sabía lo suficiente como para hacer más de lo que hice. Hubo más cosas que solamente los rumores normales, los chismes habituales. No era información de segunda mano. Yo supe que él hizo algunas de estas cosas. Desearía haber tomado responsabilidad por lo que escuché. Lo que hice fue minimizar los incidentes. Cualquier cosa que diga yo ahora va a parecer una mera excusa

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Diego Minero

Diego Minero

Tlaxcala, 1990. Se dedica a la escritura y a la ilustración. Ha sido becario del Foecat en dos ocasiones en la disciplina de Letras, y ganador del Premio Estatal de (2010); publicó la novela ilustrada 'El pueblo en el bosque', la novela corta 'Un último vaso de Jerez' y el cuentario ilustrado 'Grand Guignol'. Ha publicado columnas y viñetas en diversos medios impresos. Ha tomado un par de talleres, pero el grueso de su formación ha sido autodidacta.
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