500 días para ella

El amor es un objeto que para tener oferta crea su propia demanda. Entre café y prisas laborales, la semana pasada discutí con un amigo acerca del éxito cultural de 500 Days of Summer. La discusión abrió contundentemente: “es un cliché”. Sin negar esta recurso al lugar común, concluimos: 500 Days es una teen movie que rápidamente adquirió el estatus de película de culto basándose en la repetición de algo ya visto. Película adolescente realizada para un público de maduritos. Mi amigo, un poco contracorriente, comentó “es una Pretty Women para hombres, una boy flick”. No exageró. Sin embargo, lo que no noté en ese momento es que en esta aparente muestra inofensiva del amor posmoderno subyace una visión rígidamente machista. Tom, el celebrado héroe del amor en tiempos del instagram, tiene una visión tan restringida de la mujer y de las relaciones humanas nada envidiable para un campesino de la Galicia medieval o para un mirrey de los Altos de Jalisco. Tom es un resentido social, un reprimidito que culpa a la mujer de una historia que él mismo se inventó. No lo culpo: la fantasía es el refugio de los amores no consumados. No lo absuelvo: el platonismo es el consuelo del narcisista incapaz de salir de su caparazón de fragilidades. Tres ejemplos de este machismo vedado: “Las rosas son rojas, las violetas son azules, que te jodan, puta”. “Nos amo a los dos”. “No quiero olvidarla. Quiero recuperarla.” Perfecto, anacrónico y violento. Tom es un santo canonizado por la suma de sus fracasos amorosos. En su visión,  Summer es el lobo del egoismo disfrazado del corderito del amor.

500-days-of-summer-25515

La película es un contrapunteo machista con el amor cortés. Más allá de los usos pintorescos de Miller —“La mejor forma de olvidar a una mujer es convertirla en literatura”—, Summer es un personaje literario creado por la cabeza creativa de Tom. Summer es la idealización de la mujer que, en cuanto no cumple con el modelo platónico, adquiere inmediatamente el estatus de Bitch. Un mueble de Ikea —inteligente, minimalista, estético—, pero al fin y al cabo un mueble. En cambio, Tom es “victima” de la ambigüedad de Summer, la “zorra egoísta” inhabilitada para reconocer el amor verdadero. En este punto no existe indistinción entre el caballero posmoderno y el macho rupestre. En tiempo del amor cortés, el caballero tiene la obligación de inmolarse por la dama egregia. Pero, en tiempo de la reivindicación de género, en espacios donde supuestamente reina la igualdad democrática, Tom es un residuo del Antiguo Régimen. Tom inventa una historia para olvidar la historia de sus fracasos amorosos. Summer es sólo un capítulo más de la pluma misógina del enamorado del amor: “¿Por qué las chicas bonitas creen que pueden tratar a todo el mundo mal y seguir como si nada?”. Querido Tom no aprendiste nada de tu formación britpop:  “So You Go, And You Stand On Your Own, And You Leave On Your Own, And You Go Home, And You Cry, And You Want To Die” (Morrisey).

Al igual que Anna Karenina, 500 days es una historia contada desde la conveniencia patriarcal. El título ya lo advierte: 500 días con ella o los 120 días de Sodoma. Tom es la versión popera de la ranchera mexicana, una sublimación de Juan Gabriel vertido en letras de Joy Division: “es verdad que la costumbre es más fuerte que el amor”. El problema es que el amor y la costumbre son incompatibles. La historia contada desde una pulsión masculina en la que nadie se atrevió a preguntarle a Summer si quería contar la historia. Summer es la mala de la historia porque la mujer es la mala en la Historia. Narrativas patriarcales disfrazadas de falso universalismo posmoderno. ¿Qué ocurriría si el soundtrack estuviese compuesto por Yuri, Juan Gabriel o José Alfredo Jiménez? Nada porque entre el mood derrotista de Ian Curtis y la boheme de José José, la diferencia es de agrado, no de grado. ¿Qué pasaría si la historia estuviese narrada desde el imaginario femenino? No lo sé, pero seguramente sería una chick flick y no una narración que enorgullecería a Simone de Beavouir. Fin de la historia: Tom intenta olvidar a Summer. Summer le recrimina la falta de sensibilidad frente a sus deseos. Tom la violenta narrativamente. Summer se casa. El círculo está cerrado: el matrimonio conjura los males del pasado, ya que siempre existirá alguien que disfrute asumirse como mueble de Ikea y alguien que busque comprarlos para sentirse moderno. Juan Gabriel tenía justificación: “yo me quito hasta el nombre…y te doy mi palabra de honor…que de mí no te burlas”. La próxima vez, querido Tom, agrega a este ranchero en tu playlist y ahorrarás mucho sufrimiento. Mejor aún: gozarás sin culpa de las delicias de tu amor ranchero, pues como lo comentó Summer, “Tom estaba en lo cierto…Sólo que no estaba en lo cierto sobre mí”. Como diría la versión feminista de Doña Florinda: la próxima vez vaya a narrar a su abuela, al fin ella es una mujer del Antiguo Régimen.

500_days_of_summer07

 

The following two tabs change content below.
Ángel Álvarez

Ángel Álvarez

Ángel Álvarez

Artículos recientes por Ángel Álvarez (see all)

0 Comments

Leave a reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*