E-books, la nueva identidad editorial

Por: Rosa Castillo

Fuente: Fundación Pedro Meyer

Fotografía: Pedro Meyer

Es sorprendente pensar en lo rápido que integramos las nuevas tecnologías a la cotidiana; hoy en día los nuevos medios de comunicación están totalmente naturalizados. Nos parece normal bajar archivos digitales, usarlos, modificarlos y finalmente, subirlos a la red una vez más.

Sin embargo, todavía tenemos mucho que pensar acerca de las implicaciones que se podrían desencadenar tanto para el usuario, como para el productor o en todo caso para el mediador. Dentro de los nuevos paradigmas mediáticos, vimos cómo es que la industria tuvo que plantear nuevos modelos de distribución y producción que estén al alcance de los avances tecnológicos que corren a pasos agigantados: los libros electrónicos (también llamados libros digitales o e-books)

La primera persona que pensó en ampliar las posibilidades de los libros fue Ángela Ruiz Robles en 1949. La maestra de origen español tuvo la idea de construir un soporte único que permitiera leer diferentes libros cambiando unos carretes con el contenido escrito: La Enciclopedia Mecánica. La idea de Ángela surgió de la necesidad de aligerar la carga de trabajo de sus alumnos y hacer la educación más atractiva; así también recalcaba a los y editores la disminución del costo de producción de sus obras sin la necesidad de pasta ni encuadernado.

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Fotografía: Pedro Meyer

Fuera de la anécdota, es importante rastrear la primera idea de una parcial desmaterialización de los libros para pensar qué es lo que implica.

En la década de los noventa aparecieron dispositivos de lectura electrónica; desde ese momento hasta hoy se han desarrollado casi una veintena de productos comerciales cada vez más accesibles y populares. Un iPad, iPod, Galaxy o hasta un Kindle son capaces de leer formatos de textos digitales; poco a poco los usuarios nos hemos familiarizado con los programas y aparatos de las nuevas plataformas.

Con la apertura del mercado y la posibilidad, cada vez mayor, de acceder a estos formatos, las editoriales se han visto en una encrucijada: ¿digitalizamos?

Para estas empresas es una pregunta básicamente económica. Si bien el mercado de los libros electrónicos ha crecido de manera impresionante en el último lustro, todavía no está lo suficientemente consolidado para plantear una sustitución del mercado impreso y, para muchos, no debe de ser así, más bien, debemos de pensarlos como productos distintos, cada uno con sus propias características.

Los libros electrónicos no sólo son una digitalización de los textos, sino la oportunidad de la ampliación multimediática de los mismos. Dentro de los nuevos formatos y dispositivos se pueden agregar imágenes, videos, hipervínculos, comentarios; es posible la continua y múltiple edición así como la inclusión de comentarios de editores, autores, etc.

Se debe de plantear un producto vivo, mucho más dinámico y con horizontes expandibles, algo que no podrían tener los libros impresos. Se trata de explorar nuevas estrategias y retos comunicativos que impacten en el lector de múltiples maneras; el campo está totalmente abierto y es fértil para la creación artística. La fotografía, las artes visuales, el netart, entre otras disciplinas, tienen todavía mucho que aportar a los nuevos formatos.

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